Un rápido comentario para comenzar la semana.
Acabamos de leer en Scientific American el siguiente titular: Chicken Eggs Made to Produce Human Antibodies (en nuestra lengua materna: Huevos de Gallina Para Producir Anticuerpos Humanos).
Para nuestro desconocimiento, durante cincuenta años los huevos de gallina han jugado un papel clave en la elaboración/producción de la vacuna para la gripe. Y ahora hay una nueva aplicación: obtener anticuerpos monoclónicos (confiamos en que esta sea la traducción correcta) manipulando genéticamente los huevos (esta es, claro, la explicación sencilla).
Todo esto nos lleva a una reflexión. A todos aquellos que nos asustan las agujas y nos sientan mal las pastillas, no nos podrían dar los (algunos) tratamientos en forma de tortilla ahora que sabemos que los huevos producen algo más que colesterol. Tortilla de patatas... claro.
La vida es sencilla y el dinero la complica.
domingo
Vuelta al cole
Qué poco dura lo bueno. Los que hacemos CQNHO nos comenzamos a incorporar de nuevo al trabajo. A partir de hoy retomamos nuestro ritmo habitual de tres o cuatro posts a la semana.
Hemos conseguido estar alejados de un ordenador durante un mes... ¿no está mal, no?
Compruebo con disgusto que hemos tenido un único comentario en este período y que ese comentario era... PUBLICIDAD. Supongo que hecha la ley, hecha la trampa. Era cuestión de tiempo. De todas formas es curioso que este blog que está harto de la publicidad encubierta y similares tenga que sufrir un comentario de ese tipo.
Cosas del ciberespacio.
Hemos conseguido estar alejados de un ordenador durante un mes... ¿no está mal, no?
Compruebo con disgusto que hemos tenido un único comentario en este período y que ese comentario era... PUBLICIDAD. Supongo que hecha la ley, hecha la trampa. Era cuestión de tiempo. De todas formas es curioso que este blog que está harto de la publicidad encubierta y similares tenga que sufrir un comentario de ese tipo.
Cosas del ciberespacio.
viernes
Envejecer y morir antes: una base científica sobre el daño del tabaco y el sobrepeso en el ADN
Hasta ahora lo dábamos por supuesto, pero cada vez hay una mayor base científica para demostrar que el tabaco y la obesidad están vinculados a un daño en los cromosomas a lo largo del tiempo.
La edición on line de la revista Nature se hace eco de un trabajo publicado recientemente en The Lancet. Además de bien escrito, es realmente ilustrativo del vínculo.
La edición on line de la revista Nature se hace eco de un trabajo publicado recientemente en The Lancet. Además de bien escrito, es realmente ilustrativo del vínculo.
¡Salvemos las bananas!
Sí, sí, las bananas, no las ballenas. No están en peligro de extinción... todavía, pero tenemos que ponernos manos a la obra cuanto antes si no queremos ver cómo desaparecen del planeta tierra. 15.000 años –ni más ni menos— de cultivo de plátanos –de todas clases— están en la cuerda floja.
Al menos así lo deja claro un artículo que aparece publicado hoy en la edición on line de la revista estadounidense Popular Science. No en vano, el plátano es la fruta más popular entre los estadounidenses (lo que, por supuesto, explica muchas cosas; baste decir tan sólo que en EE UU sólo se comen bananas de una sola ‘familia’, la Cavendish... la globalización "se pela" y "se la pela").
El artículo, titulado ¿Podemos salvar a esta fruta?, plantea cómo la falta de diversidad en esta fruta constituye un riesgo de proporciones casi bíblicas: Si un hongo o una bacteria infecta a una sola plantación, se podría extender por todo el planeta... “dejando las estanterías del planeta vacías”, escribe el periodista.
(Nada más leer esto, he cogido el calendario para ver si los Santos Inocentes se celebran hoy en EE UU, pero veo que no, así que este artículo va en serio.)
Además, sigo leyendo y descubro, para mi sorpresa, que ya hubo una hecatombe amarilla en los años 60 en Norteamérica --también afectó a Canadá)--. (Así, empiezo a darle credibilidad.) Resulta que, por aquel entonces, un tipo de plátano, Gros Michel, era el rey, a quien en el mundillo de la banana se le conocía por ‘Big Mike’ (toma del frasco). Total, que un hongo, conocido como ‘enfermedad de Panamá’ (toma ironía) acabó con todas las cosechas y dejó a los americanos sin un plátano que llevarse a la boca. Las pérdidas económicas y las inversiones sin éxito –bancarrotas, experimentos sin éxito, daños al medioambiente— además que se acometieron para paliar esta crisis fueron formidables.
A finales de los sesenta, se encontró una solución importando la variedad Cavendish, que desde entonces ha suplido al difunto –RIP— 'Gran Mike’.
El artículo está contado con gracia y, para ser viernes, hasta resulta edificante (sobre todo al enterarme que hay un tío, que es un historiador del plátano, a punto de sacar un libro ‘Cultura Bananera’ –traduzco libremente—).
Al menos así lo deja claro un artículo que aparece publicado hoy en la edición on line de la revista estadounidense Popular Science. No en vano, el plátano es la fruta más popular entre los estadounidenses (lo que, por supuesto, explica muchas cosas; baste decir tan sólo que en EE UU sólo se comen bananas de una sola ‘familia’, la Cavendish... la globalización "se pela" y "se la pela").
El artículo, titulado ¿Podemos salvar a esta fruta?, plantea cómo la falta de diversidad en esta fruta constituye un riesgo de proporciones casi bíblicas: Si un hongo o una bacteria infecta a una sola plantación, se podría extender por todo el planeta... “dejando las estanterías del planeta vacías”, escribe el periodista.
(Nada más leer esto, he cogido el calendario para ver si los Santos Inocentes se celebran hoy en EE UU, pero veo que no, así que este artículo va en serio.)
Además, sigo leyendo y descubro, para mi sorpresa, que ya hubo una hecatombe amarilla en los años 60 en Norteamérica --también afectó a Canadá)--. (Así, empiezo a darle credibilidad.) Resulta que, por aquel entonces, un tipo de plátano, Gros Michel, era el rey, a quien en el mundillo de la banana se le conocía por ‘Big Mike’ (toma del frasco). Total, que un hongo, conocido como ‘enfermedad de Panamá’ (toma ironía) acabó con todas las cosechas y dejó a los americanos sin un plátano que llevarse a la boca. Las pérdidas económicas y las inversiones sin éxito –bancarrotas, experimentos sin éxito, daños al medioambiente— además que se acometieron para paliar esta crisis fueron formidables.
A finales de los sesenta, se encontró una solución importando la variedad Cavendish, que desde entonces ha suplido al difunto –RIP— 'Gran Mike’.
El artículo está contado con gracia y, para ser viernes, hasta resulta edificante (sobre todo al enterarme que hay un tío, que es un historiador del plátano, a punto de sacar un libro ‘Cultura Bananera’ –traduzco libremente—).
Niños en peligro de extinción
En la Gran Vía de Madrid había una tienda, antaño de bolsos, que tenía los peluches más maravillosos del mundo: desde dodos hasta tiburones, pasando por rayas, ardillas o flamencos. Hoy es un banco feo con aspecto de búnker y alma de metal. Como siempre, el capital puede más que las ilusiones.
El mes pasado aparecieron dos noticias en prensa muy significativas.
Noticia 1: los niños creen que tienen poco tiempo para jugar, según un estudio la Fundación Crecer Jugando. El informe sostiene que sólo juegan los fines de semana y sufren falta de tiempo y de compañeros, por no mencionar que la calle se ha convertido en un espacio vedado para ellos.
Noticia 2: los niños no tienen ni idea de en qué año se descubrió América, en qué continente está China y cómo se opera con cuartos de hora.
Todo esto nos lleva a un interrogante: ¿a qué demonios se dedican los niños de hoy? Si no juegan ni aprenden en el colegio, ¿qué es lo que hacen? Es más ¿existen los niños? A la vista de los casos de anorexia infantil, de la desaparición de Parchís y de las niñas que se maquillan para ir a clase antes de tener la primera regla, parece que la adolescencia, ese invento occidental, está ocupando el lugar de la infancia y que los niños correrán la misma suerte del lince ibérico.
Un ejemplo: la “literatura infantil y juvenil”. Parece como si diera vergüenza editar “literatura infantil” a secas. Fray Perico y su borrico tiene que compartir estantería con historias de chavales de familias desestructuradas que con imaginación y una dosis de amistad consiguen salir adelante al estilo telefilm de Antena 3. Nada de Walter Scott, Salgari, Verne y afines, que son demasiado absorbentes.
En fin. Esto parece cada vez más el pueblo de Indiana Jones y el templo maldito. El caso es que la niña que hoy pide una Lupita mañana se saca del bolsillo un pseudo rimmel hiperalergénico del todo a cien. Y miles de kilómetros más allá hay niños esclavos, pequeños que trabajan mil horas al día cosiendo balones y que antes ayudaban a sus padres en el campo o en las faenas domésticas. Quizá este sea el único caso en que los países en vías de desarrollo, por vías retorcidas y extrañas, han sido precursores de lo que iba a pasar en otras latitudes.
Misterios de la globalización.
El mes pasado aparecieron dos noticias en prensa muy significativas.
Noticia 1: los niños creen que tienen poco tiempo para jugar, según un estudio la Fundación Crecer Jugando. El informe sostiene que sólo juegan los fines de semana y sufren falta de tiempo y de compañeros, por no mencionar que la calle se ha convertido en un espacio vedado para ellos.
Noticia 2: los niños no tienen ni idea de en qué año se descubrió América, en qué continente está China y cómo se opera con cuartos de hora.
Todo esto nos lleva a un interrogante: ¿a qué demonios se dedican los niños de hoy? Si no juegan ni aprenden en el colegio, ¿qué es lo que hacen? Es más ¿existen los niños? A la vista de los casos de anorexia infantil, de la desaparición de Parchís y de las niñas que se maquillan para ir a clase antes de tener la primera regla, parece que la adolescencia, ese invento occidental, está ocupando el lugar de la infancia y que los niños correrán la misma suerte del lince ibérico.
Un ejemplo: la “literatura infantil y juvenil”. Parece como si diera vergüenza editar “literatura infantil” a secas. Fray Perico y su borrico tiene que compartir estantería con historias de chavales de familias desestructuradas que con imaginación y una dosis de amistad consiguen salir adelante al estilo telefilm de Antena 3. Nada de Walter Scott, Salgari, Verne y afines, que son demasiado absorbentes.
En fin. Esto parece cada vez más el pueblo de Indiana Jones y el templo maldito. El caso es que la niña que hoy pide una Lupita mañana se saca del bolsillo un pseudo rimmel hiperalergénico del todo a cien. Y miles de kilómetros más allá hay niños esclavos, pequeños que trabajan mil horas al día cosiendo balones y que antes ayudaban a sus padres en el campo o en las faenas domésticas. Quizá este sea el único caso en que los países en vías de desarrollo, por vías retorcidas y extrañas, han sido precursores de lo que iba a pasar en otras latitudes.
Misterios de la globalización.
jueves
Más sobre los olores
El experimento llevado a cabo en Oxford sería muy útil para restauradores y, por supuesto, ¡qué filón verían ahí los marketineros! Podrían montarse guerras comerciales rociando las vallas publicitarias de la competencia con spray apestoso.
Consumidores y ayuntamientos deberían promover normativas para impedir la elaboración de ciertos alimentos o limitarlos a fiestas patronales.
La OMS reconocería la mala influencia de los olores en el bienestar psíquico y los vecinos de merenderos, comedores, verbenas y fábricas varias ganarían demandas judiciales. Así, no sólo el perfume haría ganar dinero, sino que también se sacaría partido al mal olor. Para ello se entrenarían perros y se contratarían para probar ante el juez la peste circundante.
Querido George (Orwell), estamos contigo.
Consumidores y ayuntamientos deberían promover normativas para impedir la elaboración de ciertos alimentos o limitarlos a fiestas patronales.
La OMS reconocería la mala influencia de los olores en el bienestar psíquico y los vecinos de merenderos, comedores, verbenas y fábricas varias ganarían demandas judiciales. Así, no sólo el perfume haría ganar dinero, sino que también se sacaría partido al mal olor. Para ello se entrenarían perros y se contratarían para probar ante el juez la peste circundante.
Querido George (Orwell), estamos contigo.
De comidas y olores
En la Universidad de Oxford, sede del diccionario y las regatas, han hecho un experimento curioso: ver qué sensaciones evocan determinados aromas según el nombre que se les dé.
Me explico.
Se le da a oler a un sujeto una sustancia determinada y se le dice que es queso Cheddar, luego se le da a olfatear lo mismo pero afirmando que se trata de un olor corporal, y se comparan las áreas del cerebro que se activan en un caso y en otro. Como adivinarán, el individuo es influenciable e identifica como mucho más placentero el primero que el segundo.
Claro que si el experimento se hubiera realizado en suelo patrio con un Cabrales, que es lo suyo, seguramente las diferencias no serían tan espectaculares.
Hablando de olores, se podría hacer un ranking de cosas que se comen y que huelen mal (lo que no quita para que luego sepan estupendamente). Por ejemplo:
1. Las gallinejas y entresijos.
2. Las sardinas a la plancha.
3. Los quesos azules o verdes.
4. El cocido en proceso de elaboración.
5. El ajo y la cebolla.
6. Los encurtidos.
Así podríamos lograr titulares tan atractivos en los periódicos veraniegos como “Al 64% de los españoles le molesta el olor a fritanga”... un suponer. Se podría incluso ampliar el universo de la encuesta a toda la UE. Neurólogos y psicoanalistas aventurarían conjeturas sobre por qué a unos les repugna más un olor que otro y harían trascendentales valoraciones por países.
En fin, como las encuestas son caras, ¿algún lector se anima a enviar un post con su ranking de odios?
Me explico.
Se le da a oler a un sujeto una sustancia determinada y se le dice que es queso Cheddar, luego se le da a olfatear lo mismo pero afirmando que se trata de un olor corporal, y se comparan las áreas del cerebro que se activan en un caso y en otro. Como adivinarán, el individuo es influenciable e identifica como mucho más placentero el primero que el segundo.
Claro que si el experimento se hubiera realizado en suelo patrio con un Cabrales, que es lo suyo, seguramente las diferencias no serían tan espectaculares.
Hablando de olores, se podría hacer un ranking de cosas que se comen y que huelen mal (lo que no quita para que luego sepan estupendamente). Por ejemplo:
1. Las gallinejas y entresijos.
2. Las sardinas a la plancha.
3. Los quesos azules o verdes.
4. El cocido en proceso de elaboración.
5. El ajo y la cebolla.
6. Los encurtidos.
Así podríamos lograr titulares tan atractivos en los periódicos veraniegos como “Al 64% de los españoles le molesta el olor a fritanga”... un suponer. Se podría incluso ampliar el universo de la encuesta a toda la UE. Neurólogos y psicoanalistas aventurarían conjeturas sobre por qué a unos les repugna más un olor que otro y harían trascendentales valoraciones por países.
En fin, como las encuestas son caras, ¿algún lector se anima a enviar un post con su ranking de odios?
martes
Una buena noticia de agencia
(Escribo este breve texto sin consultarle a mi compañera de blog, pero creo que lo entenderá y compartirá mis reflexiones.)
A veces hay justicia en el mundo. Vaya que si la hay. Resulta que 35.000 visones consiguieron darse a la fuga de una granja en Santiago de Compostela en donde les esperaba una muerte segura. Ante el negro futuro que se avecinaba, se armaron de valor, y al más puro estilo de gallinas y pollos en Chicken Run, huyeron de su particular e injusto Alcatraz.
Vale, vale, no actuaron solos. Hay que reconocer que alguien les pasó una lima. Activistas del Frente de Liberación Animal les echaron un cable abriéndoles las jaulas a los animales. La mayoría sigue en paradero desconocido. Algunos murieron por el camino, pero con la satisfacción de no dar su piel a ningún abrigo.
La noticia la publicaba El Mundo el otro día. Era uno de esos grandes teletipos de agencia que de vez en cuando da gusto leer. Adjunto el link e incluyo el primer párrafo:
EUROPA PRESS
SANTIAGO DE COMPOSTELA.- Miles de visones se escaparon esta mañana de una granja ubicada en San Marcos-Lavacolla, en Santiago de Compostela, en la que criaban unos 35.000 ejemplares, que fueron liberados de sus jaulas. Algunos andan sueltos entre la zona de San Marcos y San Lázaro, mientras que otros fueron atropellados.
A veces hay justicia en el mundo. Vaya que si la hay. Resulta que 35.000 visones consiguieron darse a la fuga de una granja en Santiago de Compostela en donde les esperaba una muerte segura. Ante el negro futuro que se avecinaba, se armaron de valor, y al más puro estilo de gallinas y pollos en Chicken Run, huyeron de su particular e injusto Alcatraz.
Vale, vale, no actuaron solos. Hay que reconocer que alguien les pasó una lima. Activistas del Frente de Liberación Animal les echaron un cable abriéndoles las jaulas a los animales. La mayoría sigue en paradero desconocido. Algunos murieron por el camino, pero con la satisfacción de no dar su piel a ningún abrigo.
La noticia la publicaba El Mundo el otro día. Era uno de esos grandes teletipos de agencia que de vez en cuando da gusto leer. Adjunto el link e incluyo el primer párrafo:
EUROPA PRESS
SANTIAGO DE COMPOSTELA.- Miles de visones se escaparon esta mañana de una granja ubicada en San Marcos-Lavacolla, en Santiago de Compostela, en la que criaban unos 35.000 ejemplares, que fueron liberados de sus jaulas. Algunos andan sueltos entre la zona de San Marcos y San Lázaro, mientras que otros fueron atropellados.
viernes
Para que luego hablen mal de las artes contemplativas
Deberíamos aprender algunas cosas de los monjes budistas, y no sólo de su paciencia. No sería una mala idea poner todos los medios para tener, por lo menos, un tercio (por poner alguna cifra) de su capacidad de atención. Un reciente estudio, llevado a cabo por una universidad australiana apunta que la meditación de los monjes budistas permite, efectivamente, centrar la mente –-algo que todos, más o menos, barruntábamos, pero para lo que no teníamos pruebas empíricas... hasta ahora—.
Resulta que un grupo de investigadores de la Universidad de Queensland, en Santa Lucía, Australia, ha analizado, según nos cuenta en un artículo la revista Nature, ni más ni menos, que a 76, sí, sí, 76, monjes budistas tibetanos a los que han sacado de su meditación para ponerles a meditar, y ha cuantificado su grado de concentración. Los avezados monjes budistas, sometidos a tests visuales, fueron capaces de ir sorteando las trampas que se habían ido urdiendo especialmente para sus mentes, y consiguieron huir de la confusión.
El experimento: A cada monje le enseñaban, al mismo tiempo, según cuenta Nature, dos imágenes “conflictivas” (entendemos aquí conflictivas por confusas, antitéticas, o antagónicas) de tal forma que cada imagen quedaba a la altura de un ojo. En teoría, el cerebro de cualquier persona a la que le hagan eso manda la orden a sus ojos de concentrar, cada pocos segundos, la mirada –vamos, los dos ojitos— en una única imagen. Primero una, y luego, otra. Después de eso, cualquiera de nosotros se marea y es incapaz de decir qué es lo que ha visto (sobre todo habida cuenta de las imágenes que les pusieron a los monjes, que se pueden ver en el artículo de la revista). Es lo que pasa cuando vemos programas como Crónicas Marcianas, Salsa Rosa...
Ahora bien, si eres un monje budista sí que eres capaz de hacerlo. Es lo que se llama meditación-centrada-en-un-punto. El artículo no tiene desperdicio.
Resulta que un grupo de investigadores de la Universidad de Queensland, en Santa Lucía, Australia, ha analizado, según nos cuenta en un artículo la revista Nature, ni más ni menos, que a 76, sí, sí, 76, monjes budistas tibetanos a los que han sacado de su meditación para ponerles a meditar, y ha cuantificado su grado de concentración. Los avezados monjes budistas, sometidos a tests visuales, fueron capaces de ir sorteando las trampas que se habían ido urdiendo especialmente para sus mentes, y consiguieron huir de la confusión.
El experimento: A cada monje le enseñaban, al mismo tiempo, según cuenta Nature, dos imágenes “conflictivas” (entendemos aquí conflictivas por confusas, antitéticas, o antagónicas) de tal forma que cada imagen quedaba a la altura de un ojo. En teoría, el cerebro de cualquier persona a la que le hagan eso manda la orden a sus ojos de concentrar, cada pocos segundos, la mirada –vamos, los dos ojitos— en una única imagen. Primero una, y luego, otra. Después de eso, cualquiera de nosotros se marea y es incapaz de decir qué es lo que ha visto (sobre todo habida cuenta de las imágenes que les pusieron a los monjes, que se pueden ver en el artículo de la revista). Es lo que pasa cuando vemos programas como Crónicas Marcianas, Salsa Rosa...
Ahora bien, si eres un monje budista sí que eres capaz de hacerlo. Es lo que se llama meditación-centrada-en-un-punto. El artículo no tiene desperdicio.
A los que mandan
Señores que mandan: quiero que me informen. Ya sé que fumar mata y que en verano tengo que beber agua y ponerme a la sombra. No hace falta que me lo recuerden invirtiendo mis impuestos en campañas publicitarias. Lo que reclamo es que, cuando haya un acontecimiento que afecte y espante a toda la sociedad, digan la verdad desde el principio. No pido que me den datos confidenciales. Señores que mandan: nosotros, sus votantes somos mayores de edad.
No insulten nuestra inteligencia.
No insulten nuestra inteligencia.
lunes
Sobre Occidente y el Lejano Oeste
Era de temer y de agradecer a la vez: por fin tenemos un estudio sobre eso que diferencia al europeo del estadounidense y que a la vez confirma los datos que demuestran la existencia del europeo medio. Por supuesto, el objetivo no es conocer filosóficamente al europeo, sino al consumidor europeo, del mismo modo que se usan como sinónimos Unión Europea y Europa. (Acotación: las sinécdoques son necesarias para no pecar de cursis; es mejor referirse a lo material que a una idea abstracta).
A lo que íbamos: se trata de un estudio de Euro RSCG en el que ese matrimonio poligámico de conveniencia que es Europa muestra cómo son sus retoños.
Así, los europeos, antaño colonizadores, se resisten hogaño a ser colonizados y defienden su modelo social frente al de países donde ni siquiera despunta un partido socialista.
Por ejemplo, el 63% de los europeos defiende un salario mínimo para desempleados, frente a un 34% de los estadounidenses; el 64% aceptan la homosexualidad, frente al 51% de yanquis. En otros aspectos, como la defensa de la libre competencia y la importancia de la religión, las diferencias entre los europeos son mayores, pero, aun así, sorprende la unidad sobre la evidente desunión.
En conjunto, somos más gregarios, solidarios y ecológicos, aunque eso nos haga movernos a la velocidad del coral en algunos aspectos. Claro que el 53% de los europeos no está de acuerdo con la idea de que el progreso tecnológico trae más ventajas que desventajas.
Hay que señalar que sólo se ha encuestado a diez países; el resto son pequeños y, se supone, menos europeos. Pero podríamos decir que los europeos son más encorsetados, lo cual es normal después de tantos siglos amontonados y conviviendo con vecinos de costumbres distintas.
Es de entender que al americano le acabe aburriendo la rigidez, del mismo modo que al europeo le exaspera la previsibilidad de sus congéneres transatlánticos y su desconocimiento de cosas tan básicas como alimentarse correctamente o el significado de palabras derivadas del latín.
En fin, podríamos escribir un anexo a la Espasa sobre estas controversias.
Como aquí tenemos tejados viejos y no es cuestión de arrojarles piedras, admitiré que el europeo es egocéntrico, muy egocéntrico después de siglos de prima donna histórica y cartográfica, pero al mismo tiempo está tan acostumbrado a encontrarse idiomas distintos y hábitos raros en cuanto da tres pasos, que, sin una gran cultura, admite fácilmente la diversidad del mundo. Y, por otra parte, está tan habituado a ver edificios viejos y asombrosos que guarda un mínimo de respeto hacia sociedades más atrasadas.
Eso sí, que nadie le intente convencer de cambiar de vida, que ya está mayor.
A lo que íbamos: se trata de un estudio de Euro RSCG en el que ese matrimonio poligámico de conveniencia que es Europa muestra cómo son sus retoños.
Así, los europeos, antaño colonizadores, se resisten hogaño a ser colonizados y defienden su modelo social frente al de países donde ni siquiera despunta un partido socialista.
Por ejemplo, el 63% de los europeos defiende un salario mínimo para desempleados, frente a un 34% de los estadounidenses; el 64% aceptan la homosexualidad, frente al 51% de yanquis. En otros aspectos, como la defensa de la libre competencia y la importancia de la religión, las diferencias entre los europeos son mayores, pero, aun así, sorprende la unidad sobre la evidente desunión.
En conjunto, somos más gregarios, solidarios y ecológicos, aunque eso nos haga movernos a la velocidad del coral en algunos aspectos. Claro que el 53% de los europeos no está de acuerdo con la idea de que el progreso tecnológico trae más ventajas que desventajas.
Hay que señalar que sólo se ha encuestado a diez países; el resto son pequeños y, se supone, menos europeos. Pero podríamos decir que los europeos son más encorsetados, lo cual es normal después de tantos siglos amontonados y conviviendo con vecinos de costumbres distintas.
Es de entender que al americano le acabe aburriendo la rigidez, del mismo modo que al europeo le exaspera la previsibilidad de sus congéneres transatlánticos y su desconocimiento de cosas tan básicas como alimentarse correctamente o el significado de palabras derivadas del latín.
En fin, podríamos escribir un anexo a la Espasa sobre estas controversias.
Como aquí tenemos tejados viejos y no es cuestión de arrojarles piedras, admitiré que el europeo es egocéntrico, muy egocéntrico después de siglos de prima donna histórica y cartográfica, pero al mismo tiempo está tan acostumbrado a encontrarse idiomas distintos y hábitos raros en cuanto da tres pasos, que, sin una gran cultura, admite fácilmente la diversidad del mundo. Y, por otra parte, está tan habituado a ver edificios viejos y asombrosos que guarda un mínimo de respeto hacia sociedades más atrasadas.
Eso sí, que nadie le intente convencer de cambiar de vida, que ya está mayor.
martes
Más monos capuchinos
Qué listos son los capuchinos (como ya hemos demostrado, no sin cierto orgullo por nuestra conexión genética, antes en este blog). Los monos, claro, no los monjes. (No tenemos nada en contra de los monjes. Únicamente, es que, de momento no son objeto de ningún estudio científico.)
Si ya barruntábamos hace meses que su especie tenía una estrecha ligazón con el mundo empresarial, cuál ha sido nuestra sorpresa cuando, estupefactos, hemos comprobado que hay un grupo de científicos que están empeñados en enseñar a esta simpática raza de primates a manejar dinero. Tratan de enseñarles a comprar uvas y manzanas (ya que se ponen, podrían enseñar a algunos humanos a hacer esto mismo).
Un economista de Yale que trabaja en este experimento (junto con un equipo de psicólogos... sic), un tal Keith Chen, para más señas, define a los capuchinos así: “Tienen un pequeño cerebro, que, básicamente, se centra en buscar comida y sexo”. La verdad es que la definición no es muy ‘exclusiva’ que digamos, porque esta definición vale tanto para un mono capuchino como para el 90% de los hombres que habitan el planeta Tierra.
La idea de los científicos, volviendo a lo que nos ocupa, es que si los capuchinos no consiguen satisfacer alguna de sus necesidades más básicas al encontrar algún impedimento por el camino, estos tendrán que superarlo. Vamos, que cuando tengan hambre y alarguen el brazo para coger una manzana no les dejarán; pero cuando lleven un billetito verde todo serán felicidades.
Madre naturaleza, bienvenida al capitalismo.
En el fondo, además de enseñarle a usar el dinero, les están enseñando otra de las bases del capitalismo: generar necesidades que no tenemos... porque... ¿desde cuándo comen manzanas los monos?
Para adentrarse en este apasionante y, al mismo tiempo, triste experimento: http://www.nytimes.com/2005/06/05/magazine/05FREAK.html?pagewanted=all
Si ya barruntábamos hace meses que su especie tenía una estrecha ligazón con el mundo empresarial, cuál ha sido nuestra sorpresa cuando, estupefactos, hemos comprobado que hay un grupo de científicos que están empeñados en enseñar a esta simpática raza de primates a manejar dinero. Tratan de enseñarles a comprar uvas y manzanas (ya que se ponen, podrían enseñar a algunos humanos a hacer esto mismo).
Un economista de Yale que trabaja en este experimento (junto con un equipo de psicólogos... sic), un tal Keith Chen, para más señas, define a los capuchinos así: “Tienen un pequeño cerebro, que, básicamente, se centra en buscar comida y sexo”. La verdad es que la definición no es muy ‘exclusiva’ que digamos, porque esta definición vale tanto para un mono capuchino como para el 90% de los hombres que habitan el planeta Tierra.
La idea de los científicos, volviendo a lo que nos ocupa, es que si los capuchinos no consiguen satisfacer alguna de sus necesidades más básicas al encontrar algún impedimento por el camino, estos tendrán que superarlo. Vamos, que cuando tengan hambre y alarguen el brazo para coger una manzana no les dejarán; pero cuando lleven un billetito verde todo serán felicidades.
Madre naturaleza, bienvenida al capitalismo.
En el fondo, además de enseñarle a usar el dinero, les están enseñando otra de las bases del capitalismo: generar necesidades que no tenemos... porque... ¿desde cuándo comen manzanas los monos?
Para adentrarse en este apasionante y, al mismo tiempo, triste experimento: http://www.nytimes.com/2005/06/05/magazine/05FREAK.html?pagewanted=all
viernes
Mapas que cambian
Una cosa clara nos dejó el difunto siglo XX: los mapamundis políticos hay que actualizarlos tanto como el antivirus. En lo que llevamos de nueva centuria, han tomado el relevo los planisferios geográficos: desplazamientos de costas tras el tsunami, desviaciones del litoral antártico por el choque del iceberg gigante y nuevas mediciones del Everest, que parece que ya no mide los 8.848 metros de los libros de texto ochenteros.
Seamos sinceros: para el día a día, poco nos influye que los pingüinos se remojen las patitas aquí o unos metros más allá. Es posible que la variación de altura del techo del mundo tenga efecto en las transmisiones vía satélite, pero eso a los profanos se nos escapa. A estas alturas de la vida, ya es inviable saber si de verdad los detalles equivalen a efectos mariposa o si, como aparentan, son el entretenimiento de los amarrados al duro banco de las ocho horas.
Lo que no evoluciona con la misma rapidez son los mapas mentales. Un mapa mental es lo que permite a la persona organizar las ideas, generar estrategias creativas, analizar problemas y tomar las decisiones. En el ámbito académico se sigue forzando a los estudiantes a aprender como loros, en la empresa se obliga a los empleados a especializarse hasta el punto de la mecanización, en la vida personal es preferible callarse para no ser calificado de raro o sufrir el temido enmarronamiento, que no se sabe qué es peor.
Así que, por favor, no nos cambien los mapas si nos obligan a ir por los mismos caminos. Actualicen las enciclopedias en lo que sea menester y dennos un poquito de libertad de acción y de palabra. Si la Naturaleza cambia, que podamos innovar un poco nosotros.
Seamos sinceros: para el día a día, poco nos influye que los pingüinos se remojen las patitas aquí o unos metros más allá. Es posible que la variación de altura del techo del mundo tenga efecto en las transmisiones vía satélite, pero eso a los profanos se nos escapa. A estas alturas de la vida, ya es inviable saber si de verdad los detalles equivalen a efectos mariposa o si, como aparentan, son el entretenimiento de los amarrados al duro banco de las ocho horas.
Lo que no evoluciona con la misma rapidez son los mapas mentales. Un mapa mental es lo que permite a la persona organizar las ideas, generar estrategias creativas, analizar problemas y tomar las decisiones. En el ámbito académico se sigue forzando a los estudiantes a aprender como loros, en la empresa se obliga a los empleados a especializarse hasta el punto de la mecanización, en la vida personal es preferible callarse para no ser calificado de raro o sufrir el temido enmarronamiento, que no se sabe qué es peor.
Así que, por favor, no nos cambien los mapas si nos obligan a ir por los mismos caminos. Actualicen las enciclopedias en lo que sea menester y dennos un poquito de libertad de acción y de palabra. Si la Naturaleza cambia, que podamos innovar un poco nosotros.
lunes
Monjes, detergente, marketing y turismo
La BBC ha concluido la emisión de “The Monastery”, un reality cuyo asunto era introducir a cinco individuos en el cenobio benedictino de Worth Abbey, tenerlos 40 bíblicos días y sacarlos a ver qué tal. El resultado ha sido como sumergir un quimono en Wipp Express: el productor de pelis porno se ha convertido, el estudiante de budismo ha decidido ordenarse sacerdote anglicano y al resto se les han abierto los ojos.
Solamente se me ocurren tres precedentes comparables:
1) Los viciosos empedernidos que lo han dejado tras leer “Dejar de fumar es fácil si sabes cómo”;
2) Los estafados tras acudir a una sesión de multipropiedad, y
3) los jubilados que han acabado con una vajilla completa tras apuntarse a un fantástico fin de semana en el que conoceremos Santiago de Compostela y la mitad de la ruta jacobea.
No se trata de que los monjes, que bastante tienen con el voto de silencio, les hayan comido el coco. No. Más bien lo que parece es que, habituados a una dinámica de la persuasión, hubiera dado igual meter a los cinco en un monasterio anglicano, budista o davidiano. En los tiempos del beatus ille, la vida transcurría sin marketing. Una vez al mes el buhonero te encasquetaba el elixir milagroso y después eras tú quien trataba de colocar el burro viejo. El resto del tiempo, nada.
Pero ahora tenemos una actitud permanente de vender y que nos vendan. Si alguien te interpela en la calle, asumes que te va a atizar algo. Si entras a concursar en un monasterio, entiendes que van a catequizarte. No creo que ninguno de los cinco fuera con un interés 100% antropológico ni el concurso tenía ese fin. Somos una sociedad profesionalizada en la persuasión y el engaño, activo y recibido, sin las inútiles elegancias de la oratoria griega y sin importar edad, profesión ni hábitat.
Así que se veía venir. Aunque no fuera el objetivo de ellos, el ejemplo de los monjes benedictinos es un mensaje radicalmente nuevo en una sociedad materialista y taxonómica en la que no queda hueco para lo inefable, la maravilla, el misterio. Frente al turismo de “conozca París en dos días” y la avalancha de los folletos de híper, una inmersión en la vida espiritual tiene que dejar marcado a cualquiera.
Lo que no está claro es que iniciativas similares acaben con la crisis de vocaciones. Como todo en la cultura del plástico, también estas conversiones tendrán fecha de caducidad. No hay que olvidar que, según los expertos en publicidad, el mensaje hay que repetirlo varias veces para que tenga efecto. Y es más sencillo engancharse a libros de autoayuda de cien páginas que empaparse de la Biblia.
Solamente se me ocurren tres precedentes comparables:
1) Los viciosos empedernidos que lo han dejado tras leer “Dejar de fumar es fácil si sabes cómo”;
2) Los estafados tras acudir a una sesión de multipropiedad, y
3) los jubilados que han acabado con una vajilla completa tras apuntarse a un fantástico fin de semana en el que conoceremos Santiago de Compostela y la mitad de la ruta jacobea.
No se trata de que los monjes, que bastante tienen con el voto de silencio, les hayan comido el coco. No. Más bien lo que parece es que, habituados a una dinámica de la persuasión, hubiera dado igual meter a los cinco en un monasterio anglicano, budista o davidiano. En los tiempos del beatus ille, la vida transcurría sin marketing. Una vez al mes el buhonero te encasquetaba el elixir milagroso y después eras tú quien trataba de colocar el burro viejo. El resto del tiempo, nada.
Pero ahora tenemos una actitud permanente de vender y que nos vendan. Si alguien te interpela en la calle, asumes que te va a atizar algo. Si entras a concursar en un monasterio, entiendes que van a catequizarte. No creo que ninguno de los cinco fuera con un interés 100% antropológico ni el concurso tenía ese fin. Somos una sociedad profesionalizada en la persuasión y el engaño, activo y recibido, sin las inútiles elegancias de la oratoria griega y sin importar edad, profesión ni hábitat.
Así que se veía venir. Aunque no fuera el objetivo de ellos, el ejemplo de los monjes benedictinos es un mensaje radicalmente nuevo en una sociedad materialista y taxonómica en la que no queda hueco para lo inefable, la maravilla, el misterio. Frente al turismo de “conozca París en dos días” y la avalancha de los folletos de híper, una inmersión en la vida espiritual tiene que dejar marcado a cualquiera.
Lo que no está claro es que iniciativas similares acaben con la crisis de vocaciones. Como todo en la cultura del plástico, también estas conversiones tendrán fecha de caducidad. No hay que olvidar que, según los expertos en publicidad, el mensaje hay que repetirlo varias veces para que tenga efecto. Y es más sencillo engancharse a libros de autoayuda de cien páginas que empaparse de la Biblia.
martes
viernes
40 millones para vender más revistas
(Que no olvide nadie que quienes escribimos esto somos periodistas "durmientes", como los espías rusos en los 80 en Estados Unidos en las pelis de Hollywood.)
La Asociación de Editores de Revistas de Estados Unidos ha invertido 40 millones de dólares (casi nada, vamos) en una campaña de publicidad-comunicación-relaciones públicas que permita recuperar "la confianza" de los anunciantes.
Lo primero que han hecho, leo hoy en El Mundo, es diseñar "las portadas del futuro". En ellas vemos a un clon de Jesucristo en su 30 cumpleaños (en Rolling Stone), robots que se convierten en estrellas de televisión (en People) o "la isla de California", efecto de un terremoto (en Time). La verdad es que la iniciativa es curiosa e imaginación no les ha faltado.
A mi me interesa el artículo del clon de Jesucristo. Qué pena que sea mentira.
La Asociación de Editores de Revistas de Estados Unidos ha invertido 40 millones de dólares (casi nada, vamos) en una campaña de publicidad-comunicación-relaciones públicas que permita recuperar "la confianza" de los anunciantes.
Lo primero que han hecho, leo hoy en El Mundo, es diseñar "las portadas del futuro". En ellas vemos a un clon de Jesucristo en su 30 cumpleaños (en Rolling Stone), robots que se convierten en estrellas de televisión (en People) o "la isla de California", efecto de un terremoto (en Time). La verdad es que la iniciativa es curiosa e imaginación no les ha faltado.
A mi me interesa el artículo del clon de Jesucristo. Qué pena que sea mentira.
miércoles
El membrillo poché, la seriedad y la dignidad profesional
Hoy nos enteramos que uno de los ‘grandes’ de la cocina francesa, Alain Senderens, que ha conseguido mantener durante 28 años seguidos tres estrellas de la guía Michelín (ni más, ni menos) en su restaurante Lucas Cartón, ha dimitido, ha tirado la toalla, ha dicho: Adiós, muy buenas. Ahí os quedáis. HA RENUNCIADO A SUS TRES ESTRELLAS.
El cocinero ha dicho que su local estaba “condenado” a comidas de 400 euros, y ha señalado también, exultante: “Tengo ganas de hacer otra cocina y hacerla de otra manera”. Y eso no ha sido todo. El renegado ha apuntado, en ese mismo tono: “En estos locales se hace mucho teatro. Tienen poco que ver con la vida real. Es un sistema que me parece un poco pasado de moda”.
Y Senderens no ha sido el primero. En un artículo de El País, leímos también que antes de él también abandonó Joël Robuchon, por motivos similares, y abrieron otros restaurantes (sin dejar sus máquinas de hacer dinero) otros grandes genios de la cocina francesa como Paul Bocuse, Guy Savoy o Michel Rostang.
Y decimos nosotros. ¿No sería esto posible en España donde hay muchos cocineros que con tanta sofisticación están dejando de ver el bosque, los árboles, las hojas, las ramas y hasta las perdices a la cazadora?
El cocinero ha dicho que su local estaba “condenado” a comidas de 400 euros, y ha señalado también, exultante: “Tengo ganas de hacer otra cocina y hacerla de otra manera”. Y eso no ha sido todo. El renegado ha apuntado, en ese mismo tono: “En estos locales se hace mucho teatro. Tienen poco que ver con la vida real. Es un sistema que me parece un poco pasado de moda”.
Y Senderens no ha sido el primero. En un artículo de El País, leímos también que antes de él también abandonó Joël Robuchon, por motivos similares, y abrieron otros restaurantes (sin dejar sus máquinas de hacer dinero) otros grandes genios de la cocina francesa como Paul Bocuse, Guy Savoy o Michel Rostang.
Y decimos nosotros. ¿No sería esto posible en España donde hay muchos cocineros que con tanta sofisticación están dejando de ver el bosque, los árboles, las hojas, las ramas y hasta las perdices a la cazadora?

Poner a un koala era demasiado obvio... Así que ponemos a un mono buscando a un koala en una taza. (Foto: drp)
La (dudosa) suerte del koala
Dejémonos de los dinosaurios, que ya no están entre nosotros.
En toda Australia quedan 100.000 koalas, una cifra menor que habitantes tiene la ciudad de Badajoz para un territorio que es quince veces España. Desde que llegaron los primeros europeos, el 80% de su hábitat se ha destruido y de lo restante, casi nada está protegido. Porque hay que decir que, aunque el koala goza de protección, ni su alimento ni su vivienda la tienen.
Muchos mueren al año por ataques de perros o atropellados. Otros se encuentran con que no tienen qué comer. Esto es lo que sucederá en la isla Canguro (Australia del Sur) a corto plazo, y por eso esta semana se ha sabido que las autoridades esterilizarán a 8.000 animales en los próximos cuatro años. No es la primera vez que se esterilizan koalas masivamente. Hay quien piensa que el número de estos animales puede duplicarse cada lustro y eso originaría hambrunas. El coste de la campaña son tres millones de dólares, mucho más caro que sacrificarlos, que es lo que se hace habitualmente con los canguros.
Matar un bicho “apeluchado” y tranquilote ni es agradable ni es políticamente correcto, y seguramente por eso se toman tantas molestias. Pero lo cierto es que los koalas se alimentan de eucalipto, que es una especie de rápido crecimiento, y viven la vida en paz. La existencia del koala es bastante epicúrea. Tiene una cría al año –que es del tamaño de una judía cuando nace– duerme unas 20 horas al día y utiliza los dos pulgares que tiene en la mano para agarrarse a los árboles y comer durante el tiempo que está despierto. No tenemos constancia de que se altere y ataque a otros animales.
El problema es que no se debería haber llegado a esta encrucijada. La esterilización no es la solución al exceso de población (¿lo es en el caso humano?); la clave es que se respete el espacio natural del koala, que lleva toda la vida vagando por Australia y lo único que necesita son bosques frondosos y tranquilidad. Hacer las cosas mal al final es más caro y más doloroso y cosecha sus víctimas. Con todo, "ser guapo" (según las coordenadas del mundo animal) cuenta mucho para salir adelante, y el koala (al menos en eso) es afortunado.
El último informe de Millennium Ecosystem Assessment afirma que los caladeros de peces han disminuido en un 90% desde el comienzo de la pesca industrial y que están en peligro de extinción un tercio de todos los anfibios, más de un quinto de los mamíferos y una cuarta parte de las coníferas. Esos, los pobres, no tienen quien les quiera.
En toda Australia quedan 100.000 koalas, una cifra menor que habitantes tiene la ciudad de Badajoz para un territorio que es quince veces España. Desde que llegaron los primeros europeos, el 80% de su hábitat se ha destruido y de lo restante, casi nada está protegido. Porque hay que decir que, aunque el koala goza de protección, ni su alimento ni su vivienda la tienen.
Muchos mueren al año por ataques de perros o atropellados. Otros se encuentran con que no tienen qué comer. Esto es lo que sucederá en la isla Canguro (Australia del Sur) a corto plazo, y por eso esta semana se ha sabido que las autoridades esterilizarán a 8.000 animales en los próximos cuatro años. No es la primera vez que se esterilizan koalas masivamente. Hay quien piensa que el número de estos animales puede duplicarse cada lustro y eso originaría hambrunas. El coste de la campaña son tres millones de dólares, mucho más caro que sacrificarlos, que es lo que se hace habitualmente con los canguros.
Matar un bicho “apeluchado” y tranquilote ni es agradable ni es políticamente correcto, y seguramente por eso se toman tantas molestias. Pero lo cierto es que los koalas se alimentan de eucalipto, que es una especie de rápido crecimiento, y viven la vida en paz. La existencia del koala es bastante epicúrea. Tiene una cría al año –que es del tamaño de una judía cuando nace– duerme unas 20 horas al día y utiliza los dos pulgares que tiene en la mano para agarrarse a los árboles y comer durante el tiempo que está despierto. No tenemos constancia de que se altere y ataque a otros animales.
El problema es que no se debería haber llegado a esta encrucijada. La esterilización no es la solución al exceso de población (¿lo es en el caso humano?); la clave es que se respete el espacio natural del koala, que lleva toda la vida vagando por Australia y lo único que necesita son bosques frondosos y tranquilidad. Hacer las cosas mal al final es más caro y más doloroso y cosecha sus víctimas. Con todo, "ser guapo" (según las coordenadas del mundo animal) cuenta mucho para salir adelante, y el koala (al menos en eso) es afortunado.
El último informe de Millennium Ecosystem Assessment afirma que los caladeros de peces han disminuido en un 90% desde el comienzo de la pesca industrial y que están en peligro de extinción un tercio de todos los anfibios, más de un quinto de los mamíferos y una cuarta parte de las coníferas. Esos, los pobres, no tienen quien les quiera.
Reflexión sobre el dinosaurio oriundo de Utah
El 50% de Cosas Que No Hemos Olvidado utiliza el cerebro. Para que veáis que no vale cualquier cosa. Una reflexión sobre el último post:
Lo que no entiendo es por qué un bicho carnívoro se hace herbívoro, cuando la carne es más sencilla de digerir porque otros se han encargado previamente de transformar la materia vegetal y además permite obtener más proteínas rápidamente.
Y encima estamos hablando de una época en la que había animalejos de sobra (digo yo) y además no había obsesión por cuidar la línea.
Es decir, ¿se quedó pequeño el dinosaurio y se le infestó todo Utah de dinosaurios gordotes que le hacían la competencia en la caza?
¿Desarrolló estreñimiento? ¿Se le encogió el cerebro? ¿Son normales estas cosas? ¡Cuántas dudas!

El animalito en cuestión. La foto la hemos encontrado en un blog (éste sí, serio) sobre la evolución de las especies que no tiene desperdicio: http://pharyngula.org
Los dinosaurios de Utah
Otro comentario verde.
Al parecer, Utah ha dado algo más que mormones. En un rato de esparcimiento he leído un artículo curioso en Nature.com sobre como una especie de dinosaurio que se creía exclusivamente vegetariano, el Falcarius utahensis, resulta que había sido antes un predador que se zampaba a otros bichos y que, ocasionalmente, los condimentaba con plantas.
El Falcarius utahensis pertenece a un grupo de dinosaurios denominado therizinosaurios, un simpático colectivo animal que se creía que sólo se alimentaba de plantas. Pues bien, antes de hacerse vegetariano y llevar una vida de lo más verde, y hasta que un meteorito gigante la convirtió en negra, conoció los pecados de la carne.
A partir de sus restos óseos (un pedazo del cráneo por aquí, parte de una pelvis, por allá y algunas costillas por el otro), un equipo de investigadores del Utah Geological Survey de Salt Lake City han concluido que, además de medir cuatro metros erguido, nuestro pequeño amigo debía haber sido antes carnívoro. La razón por la que me ha llamado la atención el artículo es que han llegado a esta conclusión analizando su pelvis y sus piernas, “que sugieren que estaban adaptadas para correr detrás de presas”, según explica uno de los investigadores.
(Hasta aquí la parte seria.)
Cuál ha sido mi sorpresa al leer esas declaraciones. Y digo yo... Y no puede ser, planteo yo desde mi ignorancia, que sencillamente el pobre Falcarius utahensis fuese aficionado a correr, como una forma primitiva de deporte animal. Supongamos que tú eres un dinosaurio y además eres vegetariano. Hace millones de años no había muchas cosas con las que entretenerse. Además, ser vegetariano no estaba bien visto (sobre todo por otros dinosaurios amantes de la carne). No sé tú, pero yo me habría aficionado a algo, al footing, por ejemplo. Con tanto campo era una opción más.
Vamos que los investigadores esos podrían estar equivocados, ¿no?
Al parecer, Utah ha dado algo más que mormones. En un rato de esparcimiento he leído un artículo curioso en Nature.com sobre como una especie de dinosaurio que se creía exclusivamente vegetariano, el Falcarius utahensis, resulta que había sido antes un predador que se zampaba a otros bichos y que, ocasionalmente, los condimentaba con plantas.
El Falcarius utahensis pertenece a un grupo de dinosaurios denominado therizinosaurios, un simpático colectivo animal que se creía que sólo se alimentaba de plantas. Pues bien, antes de hacerse vegetariano y llevar una vida de lo más verde, y hasta que un meteorito gigante la convirtió en negra, conoció los pecados de la carne.
A partir de sus restos óseos (un pedazo del cráneo por aquí, parte de una pelvis, por allá y algunas costillas por el otro), un equipo de investigadores del Utah Geological Survey de Salt Lake City han concluido que, además de medir cuatro metros erguido, nuestro pequeño amigo debía haber sido antes carnívoro. La razón por la que me ha llamado la atención el artículo es que han llegado a esta conclusión analizando su pelvis y sus piernas, “que sugieren que estaban adaptadas para correr detrás de presas”, según explica uno de los investigadores.
(Hasta aquí la parte seria.)
Cuál ha sido mi sorpresa al leer esas declaraciones. Y digo yo... Y no puede ser, planteo yo desde mi ignorancia, que sencillamente el pobre Falcarius utahensis fuese aficionado a correr, como una forma primitiva de deporte animal. Supongamos que tú eres un dinosaurio y además eres vegetariano. Hace millones de años no había muchas cosas con las que entretenerse. Además, ser vegetariano no estaba bien visto (sobre todo por otros dinosaurios amantes de la carne). No sé tú, pero yo me habría aficionado a algo, al footing, por ejemplo. Con tanto campo era una opción más.
Vamos que los investigadores esos podrían estar equivocados, ¿no?
martes

En Cosas Que No Hemos Olvidado nos apasiona la fotografía, aunque no entendamos. Y, lo que nos faltaba, el 50% de los autores (2) nos hemos aficionado a navegar por Flickr. Este autor drp es interesante.

Es curioso cómo ni nos inmutamos ante las cosas bellas. Hemos encontrado esta imagen de una fotógrafa tejana (sheeshoo) en Flickr. Que nos dure mucho el corazón.
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