Uno ya no sabe que pensar con esto de la medicina.
Echando un vistazo al blog de Seth Godin me he encontrado con un tema que no le pega especialmente al señor Godin, pero que le agradezco que comente (concretamente, el 7 de mayo) y que a mi me interesa particularmente: las grandes mentiras de la medicina.
El señor Godin titula hábilmente su post “Heart Surgeons are liars”, que nosotros, en Cosas Que No Hemos Olvidado, traduciríamos sabiamente como: “Cómo Nos Venden la Moto los Cardiólogos” que es menos duro y más irónico.
Bueno, al grano. Resulta que un tal Dr. Nortin Hadler acaba de publicar un artículo en el Journal of the American Medical Association (sobre el que no sé si el señor Richard Smith sobre el que hablábamos ayer tendría algo que decir), previo, por cierto, a la publicación de un libro suyo (The Last Well Person), en el que, resumiendo brevemente, comenta que las operaciones by-pass no sólo son caras y peligrosas , sino que no sirven para nada.
Al parecer según un estudio que cita el bueno de Nortin, da igual hacerse el by-pass que no hacérselo: Los resultados experimentado en pacientes operados y pacientes sin operar en el mismo estado son los mismos.
He conseguido saber que el bueno de Nortin es profesor en la Universidad de Carolina del Norte, pero no he conseguido leer el artículo en cuestión (invito a quien sea más hábil a encontrarlo en http://jama.ama-assn.org), así que tomo las palabras de Godin por buenas. Sí he encontrado la referencia al libro en Amazon (lo que ya sé que no tiene mucho mérito, pero se puede echar un vistazo a algún capítulo y a las solapas).
La verdad es que no sé si es una buena o una mala noticia para las personas que somos hipocondríacos. Creo que buena, porque cuanto menos se abra, menos se sale... ¿no?
La vida es sencilla y el dinero la complica.
martes
lunes
Incomprensión e identidad (cómo no íbamos a hablar del famoso pianista amnésico)
En abril de este año se encontraron en una playa de Sheppey, al sur de Inglaterra, a un hombre encorbatado y empapado, sin documentación y sin etiquetas siquiera en la ropa. Pianoman ha salido en todos los medios: asustado e incapaz de decir una sola palabra, este hombre ágrafo dibujó un piano de cola a la perfección, con sus 88 teclas, y cuando le proporcionaron uno auténtico interpretó El lago de los cisnes y diversas obras no identificadas que se suponen suyas. Nadie sabe quién es ni qué quiere expresar. Quizá sea autista, quizá un multimillonario secuestrado, quizá viera en su día El piano de Jane Campion demasiadas veces. Es incapaz de comunicarse fuera de sus pentagramas.
El 23 de septiembre de 2004 (El Mundo, día siguiente) murió la última persona que hablaba nushu. El nushu era una lengua peculiar: sólo la hablaban mujeres de la región china de Hunan, que la transmitían de generación en generación desde el siglo III para comunicarse en un mundo que las excluía del poder, de la educación, de la vida pública. Tenía una grafía propia, con la que se escribían en la palma de la mano –cuando no había papel– o bordaban mensajes. Ha muerto Yang Huanyi, y con ella se ha llevado el último vestigio de una lengua a la que había herido de muerte la escolarización universal de niños y niñas. No deja de ser irónico que la cultura se haya llevado por delante precisamente a un transmisor de la cultura. Pero lo cierto es que ya nadie entendía a la señora Yang cuando hablaba nushu.
Los dos representan personas incapaces de comunicarse con los demás en su propio lenguaje, en el que les resulta más cercano. Sin embargo, el uno es un caso particular que ha despertado la curiosidad de millones de personas; el otro, la merma de un patrimonio cultural de la humanidad que ha pasado desapercibido.
La reflexión: En esta humanidad taxonomista, la curiosidad por poner nombre a algo que existe de por sí y que no lo necesita puede más que el interés de preservar la propia nomenclatura. El goteo intencionado de informaciones irrelevantes, el cotilleo morboso, la perplejidad exagerada por lo que puede no ser más que un caso de autista savant nos tiene entretenidos. En cambio, que desaparezca un idioma creado en condiciones de opresión y mantenido durante siglos no merece más que un apunte contable: uno menos.
La moraleja de todo esto es una: la identidad no es tener un nombre propio, sino reunir unas características que te hagan distinto de los demás. Al pianista, incapaz de hablar a nadie, no le va a ayudar nada que otros utilicen un nombre u otro para referirse a él. A la humanidad, en cambio, perder una lengua le arrastra al camino de la uniformidad.
El 23 de septiembre de 2004 (El Mundo, día siguiente) murió la última persona que hablaba nushu. El nushu era una lengua peculiar: sólo la hablaban mujeres de la región china de Hunan, que la transmitían de generación en generación desde el siglo III para comunicarse en un mundo que las excluía del poder, de la educación, de la vida pública. Tenía una grafía propia, con la que se escribían en la palma de la mano –cuando no había papel– o bordaban mensajes. Ha muerto Yang Huanyi, y con ella se ha llevado el último vestigio de una lengua a la que había herido de muerte la escolarización universal de niños y niñas. No deja de ser irónico que la cultura se haya llevado por delante precisamente a un transmisor de la cultura. Pero lo cierto es que ya nadie entendía a la señora Yang cuando hablaba nushu.
Los dos representan personas incapaces de comunicarse con los demás en su propio lenguaje, en el que les resulta más cercano. Sin embargo, el uno es un caso particular que ha despertado la curiosidad de millones de personas; el otro, la merma de un patrimonio cultural de la humanidad que ha pasado desapercibido.
La reflexión: En esta humanidad taxonomista, la curiosidad por poner nombre a algo que existe de por sí y que no lo necesita puede más que el interés de preservar la propia nomenclatura. El goteo intencionado de informaciones irrelevantes, el cotilleo morboso, la perplejidad exagerada por lo que puede no ser más que un caso de autista savant nos tiene entretenidos. En cambio, que desaparezca un idioma creado en condiciones de opresión y mantenido durante siglos no merece más que un apunte contable: uno menos.
La moraleja de todo esto es una: la identidad no es tener un nombre propio, sino reunir unas características que te hagan distinto de los demás. Al pianista, incapaz de hablar a nadie, no le va a ayudar nada que otros utilicen un nombre u otro para referirse a él. A la humanidad, en cambio, perder una lengua le arrastra al camino de la uniformidad.
Farmacéuticas: No más claro, pero sí más alto
Qué pena que la semana pasada haya visto la luz sin pena ni gloria por nuestras vidas un artículo importantísimo de la revista on line PLOS MEDICINE sobre cómo tratan de vendernos la moto (una de sus muchas fórmulas) las empresas farmacéuticas, del que se hizo eco Javier Sampedro en el diario El País el pasado martes. El titular del artículo original podría haberse escrito en letras más grandes, pero no de forma más contundente: Medical Journals Are an Extension of the Marketing Arm of Pharmaceutical Companies (vamos, que los Diarios Médicos Son un Brazo de Marketing de las Empresas Farmacéuticas). El autor, Richard Smith, editor durante 25 años del British Medical Journal, publicación de referencia en el campo médico.
El Sr. Smith (nada que ver con el personaje-programa de Matrix) viene a decir que no es tanto una cuestión de publicidad, de anuncios puros y duros, como de quién y cómo se financian los experimentos
“La probabilidad de que un ensayo financiado por una compañía farmacéutica tenga resultados favorables a la empresa es cuatro veces mayor que si la fuente de financiación es otra”, señala Smith en su artículo (que tiene un sinfín de fuentes bibliográficas y periodísticas). “Hay fuertes evidencias de que la industria obtiene los resultados que quiere obtener, lo que resulta especialmente preocupante si se tiene en cuenta que entre dos tercios y tres cuartos de los ensayos publicados en las principales revistas médicas están financiados por la industria”, añade.
Toma castaña. El artículo no tiene desperdicio. Ahí va el link: http://medicine.plosjournals.org/perlserv/?request=get-document&doi=10.1371/journal.pmed.0020138
El Sr. Smith (nada que ver con el personaje-programa de Matrix) viene a decir que no es tanto una cuestión de publicidad, de anuncios puros y duros, como de quién y cómo se financian los experimentos
“La probabilidad de que un ensayo financiado por una compañía farmacéutica tenga resultados favorables a la empresa es cuatro veces mayor que si la fuente de financiación es otra”, señala Smith en su artículo (que tiene un sinfín de fuentes bibliográficas y periodísticas). “Hay fuertes evidencias de que la industria obtiene los resultados que quiere obtener, lo que resulta especialmente preocupante si se tiene en cuenta que entre dos tercios y tres cuartos de los ensayos publicados en las principales revistas médicas están financiados por la industria”, añade.
Toma castaña. El artículo no tiene desperdicio. Ahí va el link: http://medicine.plosjournals.org/perlserv/?request=get-document&doi=10.1371/journal.pmed.0020138
viernes
La fascinante y triste historia del gorrión del tercer milenio
Si tienen algo en común el perro, el piojo y el gorrión, es que los tres son bichos acoplados al ser humano, cada uno en su estilo. En particular, el tierno y pequeño gorrión ha hecho siempre honor a su nombre sin la i, eso sí, sin molestar mucho y a su aire.
Tradicionalmente, era un pajarillo que frecuentaba las eras y se zampaba el grano que pillaba. Hoy, si descubre un trozo de donut en la acera se lanzará en picado y si detecta un comedero de pavos reales en el parque, atravesará las varillas antipalomas, agarrará el mayor grano de maíz que le quepa en el pico y se asfixiará hasta poder tragarlo del todo.
Y ahí radican la mayor parte de los males del gorrión del siglo XXI.
En 1800 sólo el 3% de la población mundial vivía en ciudades. En 2025 tres de cada cuatro humanos será urbanita, porcentaje que ya alcanzan los países desarrollados. Ignoramos si algún ornitólogo ha hecho estudio similar sobre los gorriones, pero dado que estos bichos persiguen al ser humano allá donde vaya, las cifras deben rondarle.
Ahí comienza la historia del gorrión urbano. De comer trigo duro e insectos se ha adaptado a las patatas fritas y el pan de barra con Nocilla. De dormir tranquilo en medio del campo ha pasado a vivir con una farola pegada al nido iluminándole noche tras noche, con lo que no sabemos cómo pegará ojo. El gorrión urbano respira contaminación, lleva una dieta desequilibrada, sufre presión demográfica y está rodeado de palomas, urracas y aves varias que le disputan el menor kiko.
Así pasa: la salud mental del pobre animal se resiente. De nuevo, carecemos de datos de reputados biólogos, pero el hecho está en la calle. Un día vas de paseo y te topas con una gorriona acosando a un congénere adolescente y contrahecho hasta expulsarlo del bordillo. Al otro te encuentras tres gorriones pegándose y piando como energúmenos y rodeados de un grupo que les jalea y parece cruzar apuestas. Al tercero descubres que en el andén de tu estación de metro hay una familia okupa a la que las taquilleras alimentan a base de migas de pan. Cosas parecidas se leen diariamente en las páginas de sucesos de la prensa local, pero protagonizadas por bípedos sin plumas.
La vida del gorrión, ese compañero del ser humano desde hace milenios, se ha tornado violenta y desequilibrada. ¿Cómo nos habremos vuelto nosotros?
Tradicionalmente, era un pajarillo que frecuentaba las eras y se zampaba el grano que pillaba. Hoy, si descubre un trozo de donut en la acera se lanzará en picado y si detecta un comedero de pavos reales en el parque, atravesará las varillas antipalomas, agarrará el mayor grano de maíz que le quepa en el pico y se asfixiará hasta poder tragarlo del todo.
Y ahí radican la mayor parte de los males del gorrión del siglo XXI.
En 1800 sólo el 3% de la población mundial vivía en ciudades. En 2025 tres de cada cuatro humanos será urbanita, porcentaje que ya alcanzan los países desarrollados. Ignoramos si algún ornitólogo ha hecho estudio similar sobre los gorriones, pero dado que estos bichos persiguen al ser humano allá donde vaya, las cifras deben rondarle.
Ahí comienza la historia del gorrión urbano. De comer trigo duro e insectos se ha adaptado a las patatas fritas y el pan de barra con Nocilla. De dormir tranquilo en medio del campo ha pasado a vivir con una farola pegada al nido iluminándole noche tras noche, con lo que no sabemos cómo pegará ojo. El gorrión urbano respira contaminación, lleva una dieta desequilibrada, sufre presión demográfica y está rodeado de palomas, urracas y aves varias que le disputan el menor kiko.
Así pasa: la salud mental del pobre animal se resiente. De nuevo, carecemos de datos de reputados biólogos, pero el hecho está en la calle. Un día vas de paseo y te topas con una gorriona acosando a un congénere adolescente y contrahecho hasta expulsarlo del bordillo. Al otro te encuentras tres gorriones pegándose y piando como energúmenos y rodeados de un grupo que les jalea y parece cruzar apuestas. Al tercero descubres que en el andén de tu estación de metro hay una familia okupa a la que las taquilleras alimentan a base de migas de pan. Cosas parecidas se leen diariamente en las páginas de sucesos de la prensa local, pero protagonizadas por bípedos sin plumas.
La vida del gorrión, ese compañero del ser humano desde hace milenios, se ha tornado violenta y desequilibrada. ¿Cómo nos habremos vuelto nosotros?
jueves
Más sobre Delio y Wired
Un apunte de nuestra cosecha: Penenberg fue quien descubrió, cuando trabajaba en Forbes.com, que Stephen Glass se inventaba los artículos de The New Republic de cabo a rabo.
Al parecer resulta que Michelle Delio sólo se inventaba las fuentes secundarias, las que los periodistas utilizan para ejemplificar y dar colorido a un reportaje.
Link a la noticia y a reportajes escritos durante los últimos tres años por Delio en Wired: http://www.wired.com/news/culture/0,1284,67428,00.html?tw=wn_tophead_2
Mi compañera de blog opinaba ayer lo siguiente, que yo suscribo al 100%:
Pues eso.
Al parecer resulta que Michelle Delio sólo se inventaba las fuentes secundarias, las que los periodistas utilizan para ejemplificar y dar colorido a un reportaje.
Link a la noticia y a reportajes escritos durante los últimos tres años por Delio en Wired: http://www.wired.com/news/culture/0,1284,67428,00.html?tw=wn_tophead_2
Mi compañera de blog opinaba ayer lo siguiente, que yo suscribo al 100%:
No se trata sólo de averiguar por qué se miente en general, sino de analizar por qué mienten los periodistas en particular. Debe de ser la única profesión, quitando de en medio a los matemáticos y a los físicos, en la que tienes que justificar y demostrar todo lo que haces. Con la diferencia de que cualquiera puede comprobar las demostraciones matemáticas, y que éstas se elaboran una vez al año, mientras que nadie se ocupa de comprobar las fuentes "dudosas" de un periodista y éste tiene que estar buscándolas día a día.
En realidad –y dejando de lado la ética-, a quién le importa que Fulano de Tal que está muy indignado con el precio de los tomates como ama de casa exista de verdad, si todo el mundo sabe que los tomates han subido. Que sí, que está mal inventarse las cosas, pero lo que sí comprendo es la pesadez de buscar cuatro fuentes para un texto de dos párrafos. Que mienta un periodista en ese sentido es doblemente reprobable por la profesión que tiene, pero también es doblemente comprensible. Es paradójico, pero creo que es así.
Pues eso.
Colaboradora de Wired, bajo sospecha
Alguna vez hemos mencionado en este blog que nos fascinan los inventos, los inventores y cualquier cosa que tenga que ver con el progreso. Pues bien, al 50% de los que hacemos este blog nos fascina, además, la mentira. En todas sus formas, en general, y aplicada al periodismo en particular.
Allá por mediados de los años 80, Gabriel García Márquez reflexionaba en una de las columnas que por aquel entonces publicaba en el diario madrileño El País acerca de una periodista a la que habían quitado el premio Pulitzer después de descubrir que el reportaje que le había hecho merecedora de ese galardón era inventado.
Brevemente, el reportaje en cuestión hablaba sobre una pobre familia en un gueto de Chicago o Detroit (no lo recuerdo), en el que desde los niños hasta los ancianos, más o menos, se drogaban. Resulta que la pobre familia de la que hablaba era inventada, pero también resulta que la historia no era mentira, había más de una decena de familias en ese barrio que se ajustaban a la descripción. El problema era que la que aparecía en el reportaje era inventada.
García Márquez no lo condenaba furibundamente, y planteaba la siguiente cuestión: ¿Hasta qué punto era mentira la historia?
Antes de ayer, el martes por la tarde, la revista Wired publicaba en su edición on line que estaba investigando a una de sus colaboradoras, Michelle Delio, por haber inventado presuntamente algunas de las fuentes de sus reportajes. Wired sospechaba de ella después de que la revista del MIT, Technology Review, fuera incapaz de comprobar varias de las fuentes secundarias de uno de sus reportajes y las eliminara en su página web. Wired publicaba el martes lo siguiente en su web:
Allá por mediados de los años 80, Gabriel García Márquez reflexionaba en una de las columnas que por aquel entonces publicaba en el diario madrileño El País acerca de una periodista a la que habían quitado el premio Pulitzer después de descubrir que el reportaje que le había hecho merecedora de ese galardón era inventado.
Brevemente, el reportaje en cuestión hablaba sobre una pobre familia en un gueto de Chicago o Detroit (no lo recuerdo), en el que desde los niños hasta los ancianos, más o menos, se drogaban. Resulta que la pobre familia de la que hablaba era inventada, pero también resulta que la historia no era mentira, había más de una decena de familias en ese barrio que se ajustaban a la descripción. El problema era que la que aparecía en el reportaje era inventada.
García Márquez no lo condenaba furibundamente, y planteaba la siguiente cuestión: ¿Hasta qué punto era mentira la historia?
Antes de ayer, el martes por la tarde, la revista Wired publicaba en su edición on line que estaba investigando a una de sus colaboradoras, Michelle Delio, por haber inventado presuntamente algunas de las fuentes de sus reportajes. Wired sospechaba de ella después de que la revista del MIT, Technology Review, fuera incapaz de comprobar varias de las fuentes secundarias de uno de sus reportajes y las eliminara en su página web. Wired publicaba el martes lo siguiente en su web:
MIT Technology Review Online on March 21 retracted two stories written in whole or in part by Michelle Delio, citing the publication's inability to confirm a source. On April 4, InfoWorld edited four articles by Delio to remove anonymous quotes. Wired News has published more than 700 news stories written by Delio (under the names Michelle Delio and Michelle Finley) since 2000. In April, we assigned journalism professor and Wired News columnist Adam Penenberg to review recent articles written by Delio for Wired News.
Penenberg and his staff of graduate students at New York University reviewed 160 articles, largely from 2004, but some earlier stories were also checked. Penenberg provided Wired News with a list of 24 stories that contained sources he could not confirm (links are included at the end of this story). Penenberg's report to Wired News can be downloaded here (PDF). Delio, in communications with Penenberg and Wired News, stands by her reporting and the existence and accuracy of her sources. Most of Delio's sources were in fact located and confirmed by Penenberg.
The unconfirmed sources affect the content of these stories to varying degrees. For example, the Florida network tax story contains only one quote from a source Penenberg could not confirm, but the quote does not materially affect the rest of the story. However, there are four articles in which unconfirmed sources arguably play a more prominent role.
viernes
Enemigo publico: el cafe
Lo ha dicho el National Geographic y no hay razón para no creerles: sin el café, la revolución industrial no hubiera sido nada. Antes la gente bebía cerveza, que es lo menos indicado para centrarse en el trabajo y ser productivo, a no ser que uno sea camarero. Con el café, ya desde primera hora de la mañana el personal se activa; con sucesivos cafés, está todo el día activo.
Es más, con una tacita y una bombilla, se puede trabajar a cualquier hora del día o de la noche. Lo malo es que el organismo humano no está diseñado para llevar vida vampírica y, de hecho, nueve de cada diez accidentes laborales del calibre de Chernóbil o Bhopal ocurrieron en horario nocturno. Algo muy grave teniendo en cuenta, además, que una quinta parte de los ciudadanos de países industrializados trabaja fuera del horario habitual. Y dormir mal envejece: según la Organización Internacional del Trabajo, por cada quince años de empleo nocturno se envejecen prematuramente cinco, lo cual beneficiará a las casas cosméticas y a los psicólogos, pero perjudicará a bastantes más.
Por si fuera poco, también los países en vías de desarrollo lo pasan mal por culpa del café: Intermón Oxfam calcula que 25 millones de productores están al borde de la ruina por culpa de los bajos precios de compra que les imponen las grandes compañías tostadoras.
En consecuencia, ¿deberían vender el café en farmacias, con receta y a precio fijo? Quizá no tanto, pero ojo con el café, que encima es adictivo.
Es más, con una tacita y una bombilla, se puede trabajar a cualquier hora del día o de la noche. Lo malo es que el organismo humano no está diseñado para llevar vida vampírica y, de hecho, nueve de cada diez accidentes laborales del calibre de Chernóbil o Bhopal ocurrieron en horario nocturno. Algo muy grave teniendo en cuenta, además, que una quinta parte de los ciudadanos de países industrializados trabaja fuera del horario habitual. Y dormir mal envejece: según la Organización Internacional del Trabajo, por cada quince años de empleo nocturno se envejecen prematuramente cinco, lo cual beneficiará a las casas cosméticas y a los psicólogos, pero perjudicará a bastantes más.
Por si fuera poco, también los países en vías de desarrollo lo pasan mal por culpa del café: Intermón Oxfam calcula que 25 millones de productores están al borde de la ruina por culpa de los bajos precios de compra que les imponen las grandes compañías tostadoras.
En consecuencia, ¿deberían vender el café en farmacias, con receta y a precio fijo? Quizá no tanto, pero ojo con el café, que encima es adictivo.
En defensa de Triki
Con el fin de poner coto al paternalismo exacerbado de los Estados, frenar la estulticia de la industria del entretenimiento y reivindicar el sentido común de los ciudadanos, declaramos:
Que nos criamos viendo día tras día a Triki –alias monstruo de las galletas– comiéndose una ración diaria de éstas (o más bien desmenuzándolas y tirando todos los fragmentos por el suelo).
Que a pesar de ello, no desarrollamos obesidad infantil ni trastornos alimentarios que aconsejaran intervención médica.
Que Triki ha conservado su saludable color azul a lo largo de 30 años, su simpatía y el afecto de todos nosotros, quienes teníamos claro que sólo los monstruos de las galletas se alimentan exclusivamente de galletas y nunca pretendimos imitarle.
Que consideramos que hoy en día, en que la influencia moral y televisiva de Triki es sensiblemente inferior, es un absurdo variar su dieta con el infundado propósito de prevenir hábitos nutritivos nocivos en los niños.
Por tanto, exigimos:
Que se mantenga la dieta de Triki a base de galletas María, alimento que deber ser situado en la base de la pirámide alimentaria.
Que se respete la idiosincrasia de Triki.
Que no se vendan cortinas de humo a los consumidores ni se insulte su inteligencia.
Que se cree un monstruo de las coliflores o se contrate al conejo de la suerte si lo que se pretende es incrementar la dieta de Barrio Sésamo.
Que nos criamos viendo día tras día a Triki –alias monstruo de las galletas– comiéndose una ración diaria de éstas (o más bien desmenuzándolas y tirando todos los fragmentos por el suelo).
Que a pesar de ello, no desarrollamos obesidad infantil ni trastornos alimentarios que aconsejaran intervención médica.
Que Triki ha conservado su saludable color azul a lo largo de 30 años, su simpatía y el afecto de todos nosotros, quienes teníamos claro que sólo los monstruos de las galletas se alimentan exclusivamente de galletas y nunca pretendimos imitarle.
Que consideramos que hoy en día, en que la influencia moral y televisiva de Triki es sensiblemente inferior, es un absurdo variar su dieta con el infundado propósito de prevenir hábitos nutritivos nocivos en los niños.
Por tanto, exigimos:
Que se mantenga la dieta de Triki a base de galletas María, alimento que deber ser situado en la base de la pirámide alimentaria.
Que se respete la idiosincrasia de Triki.
Que no se vendan cortinas de humo a los consumidores ni se insulte su inteligencia.
Que se cree un monstruo de las coliflores o se contrate al conejo de la suerte si lo que se pretende es incrementar la dieta de Barrio Sésamo.
jueves

En 'Cosas Que No Hemos Olvidado' nos sentimos a veces así... Como si desperdiciáramos nuestro tiempo en el trabajo... (Foto: Mindy Tucker. www.withreservation.com)
Adiós a la jubilación... de las máquinas
Ya he comentado en alguna ocasión que me fascinan los inventos (¿frustración?, ¿admiración?... la verdad es que no lo sé). Pues bien, resulta que esta mañana he dado con un artículo en la edición on line de la revista Wired que da buena cuenta de lo que me parece el germen de una idea realmente revolucionaria. Básicamente, esta idea consiste en convertir a las máquinas que están a punto de convertirse en chatarra en artistas (¿no se merecen también las máquinas una segunda oportunidad?), en protagonistas conscientes de performances. ¿Pueden creerlo?
¿Se podrían imaginar a una fresadora dando vida al maestro de ceremonias Emcee en Cabaret haciendo comentarios picantes a la cantante Sally Bowles? Yo, desde hace un par de horas, sí.
El artículo en cuestión (wired.com/news/technology/0,1282,65937,00.html) relata cómo un grupo de artistas alemanes (denominado Robotlab –tienen una sencilla, pero completa página web: http://robotlab.de/—) recupera en la ciudad de Karlsruhe maquinaria recién sacada de líneas de producción, la reprograma y le da una segunda oportunidad en el mundo del espectáculo (fuera de los circuitos mainstream, pero artistas al fin y al cabo). Así, los robots bailan y ‘cantan’ acompañando con mucho ritmo a futuros (esos sí que sí) jubilados. De momento son movimientos bastante rudimentarios, pero al igual que le ocurriría a un jubilado de carne y hueso, tienen sus limitaciones.
La ciencia ficción siempre ha imaginado máquinas que nos dominarían, máquinas que destruirían el mundo, máquinas que nos servirían fielmente... pero máquinas artistas, creo, que no se habían imaginado ninguna. Hombre, Fender (Futurama) baila, pero es relativamente joven, y #5 (Cortocircuito) igual, pero de ahí a una coreografía hay un abismo.
Ya escucho los acordes... Willkomen, bienvenue, wellcome, bienvenidos al Cabaret!!!
¿Se podrían imaginar a una fresadora dando vida al maestro de ceremonias Emcee en Cabaret haciendo comentarios picantes a la cantante Sally Bowles? Yo, desde hace un par de horas, sí.
El artículo en cuestión (wired.com/news/technology/0,1282,65937,00.html) relata cómo un grupo de artistas alemanes (denominado Robotlab –tienen una sencilla, pero completa página web: http://robotlab.de/—) recupera en la ciudad de Karlsruhe maquinaria recién sacada de líneas de producción, la reprograma y le da una segunda oportunidad en el mundo del espectáculo (fuera de los circuitos mainstream, pero artistas al fin y al cabo). Así, los robots bailan y ‘cantan’ acompañando con mucho ritmo a futuros (esos sí que sí) jubilados. De momento son movimientos bastante rudimentarios, pero al igual que le ocurriría a un jubilado de carne y hueso, tienen sus limitaciones.
La ciencia ficción siempre ha imaginado máquinas que nos dominarían, máquinas que destruirían el mundo, máquinas que nos servirían fielmente... pero máquinas artistas, creo, que no se habían imaginado ninguna. Hombre, Fender (Futurama) baila, pero es relativamente joven, y #5 (Cortocircuito) igual, pero de ahí a una coreografía hay un abismo.
Ya escucho los acordes... Willkomen, bienvenue, wellcome, bienvenidos al Cabaret!!!
martes
Contra el reciclaje
¿A quién quieren engañar con que para ser ecológico hay que reciclar, es decir, volver a fabricar? ¿No sería mejor reutilizar? ¿O lo hacen para que la calidad de continente y contenido guarde una cierta coherencia? Antes vidrio y producto natural; ahora plástico y neologismos.
En los últimos años, los iglúes que han desaparecido en el Polo Norte ante el avance civilizador se han reconvertido a la vida urbanita. Cúpulas engañosamente verdes acumulan pedacitos de vidrio junto a contenedores de, y para, plástico, y otros cuyo contenido no se sabe muy bien si sirve para algo. La renta per cápita crece en progresión aritmética; la basura, en progresión geométrica.
Y ello es porque la comodidad resulta una pendiente difícil de remontar. Antes lavábamos los frascos de yogur y en la tienda nos devolvían unas pesetas por el casco; ahora nos hemos convencido de que con enviarlos al contenedor amarillo somos buenos ciudadanos del mundo. Así que, en vez de utilizar cien veces un mismo producto, fabricamos cien productos nuevos. Todo sea por la higiene de estrenar, aunque se logre a costa de contaminar fabricando.
No al reciclaje sistemático. Sí al reciclaje necesario. Reutilicemos, y sólo cuando ya no sea posible, reciclemos.
En los últimos años, los iglúes que han desaparecido en el Polo Norte ante el avance civilizador se han reconvertido a la vida urbanita. Cúpulas engañosamente verdes acumulan pedacitos de vidrio junto a contenedores de, y para, plástico, y otros cuyo contenido no se sabe muy bien si sirve para algo. La renta per cápita crece en progresión aritmética; la basura, en progresión geométrica.
Y ello es porque la comodidad resulta una pendiente difícil de remontar. Antes lavábamos los frascos de yogur y en la tienda nos devolvían unas pesetas por el casco; ahora nos hemos convencido de que con enviarlos al contenedor amarillo somos buenos ciudadanos del mundo. Así que, en vez de utilizar cien veces un mismo producto, fabricamos cien productos nuevos. Todo sea por la higiene de estrenar, aunque se logre a costa de contaminar fabricando.
No al reciclaje sistemático. Sí al reciclaje necesario. Reutilicemos, y sólo cuando ya no sea posible, reciclemos.
miércoles
Prohibido ser felices
En diez años se ha triplicado el consumo de antidepresivos en España. Lo ha publicado la prensa: 21.238.858 envases en 2003 (ABC, 27.12.04). ¿Quieres eso decir que somos tres veces más desgraciados? Seguramente no, sino que nos dopamos más, que resistimos menos la infelicidad.
De hecho, en España sólo un 9,2% de la población está afectada por algún trastorno mental, según las estadísticas (Esemed, OMS), pero en Estados Unidos ya van por el 26,3%, y teniendo en cuenta que se trata de un imperio rico y poderoso, aún podemos triplicar nuestra tasa de desequilibrados y encima crecer económicamente. Quizá lo que persigue el sistema es eso: que nos entre a todos la chaladura para producir más. Que seamos como células cancerígenas y trabajemos sin parar y sin pensar.
Pero ciñéndonos a la depresión, parece que por muy desarrollados que nos consideren, no estamos más contentos. El último ranking mundial de países felices estaba encabezado por Nigeria, seguida de México y Venezuela. Según la revista británica New Scientist, http://www.newscientist.com, los niveles de felicidad de los países industrializados apenas han variado desde la Segunda Guerra Mundial, a pesar del desarrollo económico de los últimos años. O el estudio es una chapuza o en cincuenta años no hemos avanzado en lo que realmente importa.
En realidad, ¿cómo vamos a ser felices si nunca alcanzamos lo que deseamos? ¿Si cada vez que logramos algo es para descubrir que acaba de aparecer otro algo mejor? De la frustración viene la impotencia, y de la impotencia, la infelicidad. Ya no deseamos saciar el hambre; deseamos degustar, paladear, sorprendernos. Las columnas de Hércules ya no son el final, sino una meta volante patrocinada por la Disney.
Aspirar a algo mejor es sinónimo de estar vivo, pero ¿acaso es razonable suspirar por un móvil mejor a los tres meses de comprarnos uno, por un abrigo mejor cada año, por un maquillaje mejor cada temporada? ¿Cómo puede la sociedad ir por delante de los hombres?
Las luces de colores nos deslumbran, nos entretienen, nos provocan mil afanes, pero nunca llegamos a lo que hay detrás, a lo que nos enraíza. Pretender comprar la felicidad es como adquirir una lata de aire del Pirineo en una tienda de souvenirs: el timo del siglo. Condenados a perseguir eternamente una zanahoria, a dar vueltas como burritos en la noria, nunca nos tocará el premio gordo, porque siempre habrá otro mayor detrás. El día que escapemos del interior de la muñeca rusa será para hallarnos dentro de otra más grande. Si la felicidad es esto, si es lo que nos prometen la economía y la sociedad occidentales, nunca llegará a nuestras manos.
Pero es que, además, nunca podremos culpar a nadie. Porque, oficialmente, la felicidad no existe. Se extinguió con el siglo XIX, se quedó prendida en los harapos de los pobres. Hoy son sus sucedáneos el éxito, el bienestar, la moda, que sí se pueden exhibir en escaparates sin peligro de demandas por publicidad engañosa. Y al lado, tratando de cubrir su ausencia, pilas cada vez más altas de fármacos para curarnos de nuestro propio masoquismo.
De hecho, en España sólo un 9,2% de la población está afectada por algún trastorno mental, según las estadísticas (Esemed, OMS), pero en Estados Unidos ya van por el 26,3%, y teniendo en cuenta que se trata de un imperio rico y poderoso, aún podemos triplicar nuestra tasa de desequilibrados y encima crecer económicamente. Quizá lo que persigue el sistema es eso: que nos entre a todos la chaladura para producir más. Que seamos como células cancerígenas y trabajemos sin parar y sin pensar.
Pero ciñéndonos a la depresión, parece que por muy desarrollados que nos consideren, no estamos más contentos. El último ranking mundial de países felices estaba encabezado por Nigeria, seguida de México y Venezuela. Según la revista británica New Scientist, http://www.newscientist.com, los niveles de felicidad de los países industrializados apenas han variado desde la Segunda Guerra Mundial, a pesar del desarrollo económico de los últimos años. O el estudio es una chapuza o en cincuenta años no hemos avanzado en lo que realmente importa.
En realidad, ¿cómo vamos a ser felices si nunca alcanzamos lo que deseamos? ¿Si cada vez que logramos algo es para descubrir que acaba de aparecer otro algo mejor? De la frustración viene la impotencia, y de la impotencia, la infelicidad. Ya no deseamos saciar el hambre; deseamos degustar, paladear, sorprendernos. Las columnas de Hércules ya no son el final, sino una meta volante patrocinada por la Disney.
Aspirar a algo mejor es sinónimo de estar vivo, pero ¿acaso es razonable suspirar por un móvil mejor a los tres meses de comprarnos uno, por un abrigo mejor cada año, por un maquillaje mejor cada temporada? ¿Cómo puede la sociedad ir por delante de los hombres?
Las luces de colores nos deslumbran, nos entretienen, nos provocan mil afanes, pero nunca llegamos a lo que hay detrás, a lo que nos enraíza. Pretender comprar la felicidad es como adquirir una lata de aire del Pirineo en una tienda de souvenirs: el timo del siglo. Condenados a perseguir eternamente una zanahoria, a dar vueltas como burritos en la noria, nunca nos tocará el premio gordo, porque siempre habrá otro mayor detrás. El día que escapemos del interior de la muñeca rusa será para hallarnos dentro de otra más grande. Si la felicidad es esto, si es lo que nos prometen la economía y la sociedad occidentales, nunca llegará a nuestras manos.
Pero es que, además, nunca podremos culpar a nadie. Porque, oficialmente, la felicidad no existe. Se extinguió con el siglo XIX, se quedó prendida en los harapos de los pobres. Hoy son sus sucedáneos el éxito, el bienestar, la moda, que sí se pueden exhibir en escaparates sin peligro de demandas por publicidad engañosa. Y al lado, tratando de cubrir su ausencia, pilas cada vez más altas de fármacos para curarnos de nuestro propio masoquismo.
ANALES DE LA PUBLICIDAD: ¿Por qué se inventaría la televisión?
Desde que tengo uso de razón (hace relativamente poco) siento verdadera fascinación por los inventores. Esta mañana, sin venir a cuento, en el tren, camino del trabajo, echando un vistazo adormilado por la ventana, me he acordado de la historia de uno de los (muchos) padres de la televisión: Philo T. Farnsworth (1906-1971).
Resulta que Philo, según leí en un artículo hace ya bastante tiempo, tuvo la idea de su invento a la temprana edad de catorce años, mientras labraba junto a sus padres un campo de patatas en la granja familiar en un pequeño pueblo de Idaho. El joven Philo no dejaba de fijarse en los surcos paralelos del campo, y se le ocurrió que las imágenes se podían enviar electrónicamente a través del aire de la misma forma, descompuestas en sencillas líneas.
Con 21 años, hizo la primera presentación en sociedad de su invento, todavía rudimentario, ayudado por su esposa y su cuñado, ilusionado y respaldado por inversores asombrados por este nuevo producto y por su capacidad de convicción. A partir de ahí todo fueron dificultades para Farnsworth y su intento de sacar adelante su producto y competir con las grandes compañías, que estaban investigando al mismo tiempo que él –Vladimir Zworkyn le seguía de cerca en sus investigaciones para la RCA—. Al final, el hambre de evolución tecnológica le absorbió; le fue relegando, primero, a un segundo plano, y le dejó, después, en el camino, abocándole al borde de la locura.
Se me ha ocurrido recuperar esta historia porque, señoras y señores, estoy harto de los anuncios de televisión, que nos conminan a consumir, consumir, consumir y consumir. El éxito individual, vienen a decir todos los anuncios, sea cual sea el producto, se encuentra en la capacidad de satisfacer una necesidad que se está creando artificialmente. Si nuestro amigo Philo, y otros cuantos, no se hubieran empeñado tanto en que ese invento viera la luz, quizá la publicidad tendría menos posibilidades de llegar con sus garras hasta nosotros. Además, ¿cómo ha contribuido la publicidad al desarrollo del ser humano? (Ojo, desarrollo en el sentido de ser agente de cambio para enriquecer a una especie.) Contesto yo: DE NINGUNA FORMA.
¿Cómo se vivía sin anuncios? Porque antes de que se inventara la TV y se descubrieran sus infinitas posibilidades de alienar e ir conformando la personalidad de millones de consumidores ya había publicidad en otros formatos. Hace ya un par de años, con motivo de alguna celebración del diario ABC en Sevilla cuyo motivo no recuerdo, los simpáticos editores de esta cabecera centenaria recuperaron el primer número que apareció en las calles sevillanas (correspondiente al 12 de octubre de 1929; cada número suelto costaba 10 céntimos de peseta), prepararon un PDF y lo colgaron en Internet.
Obviamente, el periódico tenía anuncios, pero no eran agresivos, en el sentido de que una vez los habías leido no necesitabas una pomada para curar las almorranas para ser feliz. Alguno, incluso, era amable, agradable. “Adiós al verano”, rezaba un anuncio de Heno de Pravia. El dibujo de una mujer (vestida, un pelín asexuada, muy de la época), contaba cómo “ya se van los días soleados y tibios, dejando paso al frío y al viento, tan crueles ambos para los cutis delicados”. ¿Agresivo? Para nada. Visto que es imposible erradicar la publicidad (que permite que se vendan productos que dan muchos, muchos, muchos beneficios a unos señores y puestos de trabajo a la gran masa consumidora) no estaría mal una vuelta a esta publicidad. Hay cosas que no deberían evolucionar tanto.
Ahora, la publicidad taladra nuestras pobrecitas cabezas hasta el punto de intentar convencernos de que si no tomamos ésta o aquella crema anti-almorranas, no somos felices. Lo digo en serio. Desde hace semanas he visto anunciado en televisión un producto anti-almorranas mil veces y me he comprado la famosa crema. Lo más curioso de todo es que me la doy religiosamente... y, curiosamente, nunca he tenido almorranas. ¡Qué necesidades más raras crea la publicidad!
Resulta que Philo, según leí en un artículo hace ya bastante tiempo, tuvo la idea de su invento a la temprana edad de catorce años, mientras labraba junto a sus padres un campo de patatas en la granja familiar en un pequeño pueblo de Idaho. El joven Philo no dejaba de fijarse en los surcos paralelos del campo, y se le ocurrió que las imágenes se podían enviar electrónicamente a través del aire de la misma forma, descompuestas en sencillas líneas.
Con 21 años, hizo la primera presentación en sociedad de su invento, todavía rudimentario, ayudado por su esposa y su cuñado, ilusionado y respaldado por inversores asombrados por este nuevo producto y por su capacidad de convicción. A partir de ahí todo fueron dificultades para Farnsworth y su intento de sacar adelante su producto y competir con las grandes compañías, que estaban investigando al mismo tiempo que él –Vladimir Zworkyn le seguía de cerca en sus investigaciones para la RCA—. Al final, el hambre de evolución tecnológica le absorbió; le fue relegando, primero, a un segundo plano, y le dejó, después, en el camino, abocándole al borde de la locura.
Se me ha ocurrido recuperar esta historia porque, señoras y señores, estoy harto de los anuncios de televisión, que nos conminan a consumir, consumir, consumir y consumir. El éxito individual, vienen a decir todos los anuncios, sea cual sea el producto, se encuentra en la capacidad de satisfacer una necesidad que se está creando artificialmente. Si nuestro amigo Philo, y otros cuantos, no se hubieran empeñado tanto en que ese invento viera la luz, quizá la publicidad tendría menos posibilidades de llegar con sus garras hasta nosotros. Además, ¿cómo ha contribuido la publicidad al desarrollo del ser humano? (Ojo, desarrollo en el sentido de ser agente de cambio para enriquecer a una especie.) Contesto yo: DE NINGUNA FORMA.
¿Cómo se vivía sin anuncios? Porque antes de que se inventara la TV y se descubrieran sus infinitas posibilidades de alienar e ir conformando la personalidad de millones de consumidores ya había publicidad en otros formatos. Hace ya un par de años, con motivo de alguna celebración del diario ABC en Sevilla cuyo motivo no recuerdo, los simpáticos editores de esta cabecera centenaria recuperaron el primer número que apareció en las calles sevillanas (correspondiente al 12 de octubre de 1929; cada número suelto costaba 10 céntimos de peseta), prepararon un PDF y lo colgaron en Internet.
Obviamente, el periódico tenía anuncios, pero no eran agresivos, en el sentido de que una vez los habías leido no necesitabas una pomada para curar las almorranas para ser feliz. Alguno, incluso, era amable, agradable. “Adiós al verano”, rezaba un anuncio de Heno de Pravia. El dibujo de una mujer (vestida, un pelín asexuada, muy de la época), contaba cómo “ya se van los días soleados y tibios, dejando paso al frío y al viento, tan crueles ambos para los cutis delicados”. ¿Agresivo? Para nada. Visto que es imposible erradicar la publicidad (que permite que se vendan productos que dan muchos, muchos, muchos beneficios a unos señores y puestos de trabajo a la gran masa consumidora) no estaría mal una vuelta a esta publicidad. Hay cosas que no deberían evolucionar tanto.
Ahora, la publicidad taladra nuestras pobrecitas cabezas hasta el punto de intentar convencernos de que si no tomamos ésta o aquella crema anti-almorranas, no somos felices. Lo digo en serio. Desde hace semanas he visto anunciado en televisión un producto anti-almorranas mil veces y me he comprado la famosa crema. Lo más curioso de todo es que me la doy religiosamente... y, curiosamente, nunca he tenido almorranas. ¡Qué necesidades más raras crea la publicidad!
martes
La generación frustrada
Nuestro tiempo nos ha permitido alcanzar las cotas más altas de la historia en muchos aspectos. Somos los que tenemos un nivel cultural más alto, más estudios, más medios de comunicación a nuestro alcance, más máquinas que nos ahorran trabajo… pero carecemos de tiempo para explotar nuestras potencialidades. Formamos las generaciones frustradas.
Cuantos más conocimientos adquirimos, más nos damos cuenta de que menos libre albedrío hemos alcanzado. Por primera vez, nos planteamos ciertas cosas y, también por vez primera, podemos expresar lo que pensamos. Sí, pero no es más que un desahogo, porque lo que es hacer, eso ya lo deciden otros por nosotros.
No, no creemos que cualquier tiempo pasado fuera mejor. No añoramos las épocas del trabajo de sol a sol, de la falta de derechos, de las enfermedades, de la ignorancia. Reclamamos, únicamente, pagar el peaje justo por las ventajas que tenemos. ¿Por qué debemos trabajar ocho horas si sólo necesitamos siete para hacer lo mismo que hemos hecho siempre?
¿Nadie se ha parado a pensar por qué sólo el 61% de las horas que trabajamos son productivas? ¿Qué interés hay en que perdamos tanto tiempo en tareas inútiles en vez de descansando o desarrollando nuestra creatividad?
Dado que el tiempo de las conspiraciones pasó, quizá no sea más que un modo de agotarnos para que luego agradezcamos el ocio convenientemente prefabricado. La espiral ha ascendido tanto que cuando antes nos preguntábamos cuántas cosas nos intentan vender a lo largo del día, hoy la pregunta pasa a ser cuántas cosas vendemos nosotros a lo largo del día. ¿Cuántas vendemos y cuántas creamos? Muy pocas, lo cual es un flagrante despilfarro de tantos años y recursos destinados a la formación.
Se argüirá que hay quienes estudian para vender. Pues sí. Es más, hemos visto cantar el Gaudeamus Igitur en un acto de ESIC en el que salían promociones de másters a cual con más contenido de marketing, es decir, con menos contenido real. Para eso se usa un himno universitario: para proclamar que esto es todo lo que merece la pena saber. Antes la oratoria vendía ideas en la asamblea; ahora el marketing vende objetos en todas partes y a cualquier hora.
Pretenden hacernos creer que todos necesitamos cada vez más cosas, que todos somos igual de tontos, una paradoja cuando científicamente está comprobado que el nivel intelectual va en aumento. Para el antropólogo, el sentido de la trascendencia es lo que hace hombre al hombre. Para el marketiniano, la avidez consumista es el signo de nuestra civilización. No hay avance de la inteligencia ni del conocimiento que la falta de tiempo no sea capaz de borrar.
Ya no importa que la enciclopedia sea completa, sino que la vendan bien. No importa el objeto, sino la transacción. Como huevos de pascua, hoy lo que nos rodea es papel de colores brillantes y lazos que sólo envuelven un chocolate de dudosa calidad. El vacío nunca fue tan atractivo.
(*) Según Proudfoot Consulting (www.proudfootconsulting.com) la tasa de productividad en España se sitúa en el 61%, similar a Sudáfrica. En España se trabajan más horas que en el resto de países europeos, 1.806 al año, sólo por detrás de Estados Unidos. La causa: falta de planificación y gestión.
La media del cociente intelectual de los niños españoles se ha incrementado entre un 15 y un 17% en los últimos 30 años gracias a las mejoras en su alimentación, higiene y asistencia médica, según un estudio elaborado por profesores de Psicología de las universidades de Barcelona y Autónoma de Madrid, publicado en la revista científica norteamericana Intelligence (diciembre 2004).
Cuantos más conocimientos adquirimos, más nos damos cuenta de que menos libre albedrío hemos alcanzado. Por primera vez, nos planteamos ciertas cosas y, también por vez primera, podemos expresar lo que pensamos. Sí, pero no es más que un desahogo, porque lo que es hacer, eso ya lo deciden otros por nosotros.
No, no creemos que cualquier tiempo pasado fuera mejor. No añoramos las épocas del trabajo de sol a sol, de la falta de derechos, de las enfermedades, de la ignorancia. Reclamamos, únicamente, pagar el peaje justo por las ventajas que tenemos. ¿Por qué debemos trabajar ocho horas si sólo necesitamos siete para hacer lo mismo que hemos hecho siempre?
¿Nadie se ha parado a pensar por qué sólo el 61% de las horas que trabajamos son productivas? ¿Qué interés hay en que perdamos tanto tiempo en tareas inútiles en vez de descansando o desarrollando nuestra creatividad?
Dado que el tiempo de las conspiraciones pasó, quizá no sea más que un modo de agotarnos para que luego agradezcamos el ocio convenientemente prefabricado. La espiral ha ascendido tanto que cuando antes nos preguntábamos cuántas cosas nos intentan vender a lo largo del día, hoy la pregunta pasa a ser cuántas cosas vendemos nosotros a lo largo del día. ¿Cuántas vendemos y cuántas creamos? Muy pocas, lo cual es un flagrante despilfarro de tantos años y recursos destinados a la formación.
Se argüirá que hay quienes estudian para vender. Pues sí. Es más, hemos visto cantar el Gaudeamus Igitur en un acto de ESIC en el que salían promociones de másters a cual con más contenido de marketing, es decir, con menos contenido real. Para eso se usa un himno universitario: para proclamar que esto es todo lo que merece la pena saber. Antes la oratoria vendía ideas en la asamblea; ahora el marketing vende objetos en todas partes y a cualquier hora.
Pretenden hacernos creer que todos necesitamos cada vez más cosas, que todos somos igual de tontos, una paradoja cuando científicamente está comprobado que el nivel intelectual va en aumento. Para el antropólogo, el sentido de la trascendencia es lo que hace hombre al hombre. Para el marketiniano, la avidez consumista es el signo de nuestra civilización. No hay avance de la inteligencia ni del conocimiento que la falta de tiempo no sea capaz de borrar.
Ya no importa que la enciclopedia sea completa, sino que la vendan bien. No importa el objeto, sino la transacción. Como huevos de pascua, hoy lo que nos rodea es papel de colores brillantes y lazos que sólo envuelven un chocolate de dudosa calidad. El vacío nunca fue tan atractivo.
(*) Según Proudfoot Consulting (www.proudfootconsulting.com) la tasa de productividad en España se sitúa en el 61%, similar a Sudáfrica. En España se trabajan más horas que en el resto de países europeos, 1.806 al año, sólo por detrás de Estados Unidos. La causa: falta de planificación y gestión.
La media del cociente intelectual de los niños españoles se ha incrementado entre un 15 y un 17% en los últimos 30 años gracias a las mejoras en su alimentación, higiene y asistencia médica, según un estudio elaborado por profesores de Psicología de las universidades de Barcelona y Autónoma de Madrid, publicado en la revista científica norteamericana Intelligence (diciembre 2004).
lunes
ANALES DE LA ANTROPOLOGÍA: El capuchino de Brasil y el hombre, a un paso
La evolución de las especies continúa, inexorable, con pequeños grandes pasos a pesar de las cuentas de resultados de nuestros clientes y de los beneficios de nuestras empresas. Ensimismados en nuestros pequeños trabajos y en nuestros minúsculos problemas cotidianos, nos olvidamos de que el mundo sigue evolucionando, tal y como lleva haciendo desde hace millones de años.
Ajeno a reuniones, informes, estadísticas, retornos de inversiones, exigencias de competitividad y productividad, impactos mediáticos, estrategias de marketing, compañeros resentidos, jefes de todos los pelajes y aspiraciones laborales, en el universo, en distintos planetas, en distintas especies, se están produciendo cambios fundamentales que nos pasan inadvertidos a la mayoría de los mortales que llevamos corbata de lunes a viernes.
Vale, vale. Lo sé, lo sé. Ya sé que hay mucha gente que ya sabía eso. Pero, para alguien que no ha sido nunca una persona de Ciencias, éste es un descubrimiento de proporciones gigantescas, como el del sándwich en el siglo XVIII y la sandwichera, más cerca, en el siglo XX. Este descubrimiento es aún mayor al ver la posibilidad de aplicar las leyes más básicas de la Evolución al entorno laboral.
Un amigo mío, aprovechando un pequeño descanso entre tensión y tensión con un cliente en su empresa, se conectó el otro día a la edición on line de la revista Nature (http://www.nature.com). No tanto por una vocación de conocimiento, como por cambiar de aires desde su pequeño cubículo con algún tema que distrajera su atención de la realidad, según me contó él después. En el fondo fue una casualidad, resumo yo.
Resulta que, recientemente, como he podido comprobar por mis propios medios, la Universidad de Cambridge ha hecho un descubrimiento sin igual, que ha publicado en la revista Science, sobre el comportamiento de los monos capuchinos (Cebus apella libidinosus) en Brasil.
El titular fue lo que le hizo leer el artículo: “Hungry monkeys can dig it” (un juego de palabras con bastante gracia, que viene a decir, en una traducción libre y poco académica, algo así como que “Los monos hambrientos pueden clavarla”). Resulta que los capuchinos (los monos, no la congregación religiosa) que habitan las copas de los árboles en el noroeste de Brasil, una zona de bosques secos, y que nunca bajan de ellos, movidos por el hambre, no han tenido más remedio que dar con sus patitas en la tierra.
He aquí el primer paso de la evolución. El mono nunca baja del árbol. El mono tiene hambre. El mono baja del árbol. Hasta aquí, bastante sencillo. Pero hay más. El mono tiene miedo. Y el mono tiene a mano millones de ramas a su alcance y alrededor del árbol, alguna que otra piedra. Así: El mono coge una rama y baja del árbol. En el suelo, coge una piedra. Ya en tierra firme, el mono se encuentra con tres problemas:
1) Sigue teniendo miedo.
2) No hay mucho que comer. Todos sabemos que en el noroeste de Brasil no hay mucho que comer, salvo carne de mono.
3) Tienen una piedra en una mano y un palo en la otra. ¿Si le pica la cabeza, qué va a hacer?
Total, que como tiene un palo en la mano y una piedra en la otra, para quitarse el miedo –yo, reconozco, haría lo mismo— da golpes en el suelo. Para quitarse ese mal cuerpo de encima. Y, date, resulta que el terreno se va erosionando y deja ver las raíces y algún que otro tubérculo. El mono se lleva a la boca esas raíces. Como le saben bien –el mono, en el fondo, es consciente de que es un mono y de que tampoco está para muchos festines—piensa: “Pues voy a seguir con el palo y con la piedra”.
En ese punto del artículo, el periodista incluye una cita de uno de los investigadores. Según Phyllis Lee: “Están utilizando su mente, no sólo la fuerza bruta”. La conclusión y la frase no pueden ser más sencillas. No obstante, a veces lo evidente lo damos por contado y no somos conscientes de la verdadera importancia que tiene.
¿Y qué tiene que ver esto con la empresa? Muy fácil. Diciembre trae siempre fechas de nuevos proyectos y el que más y el que menos piensa en una subidita de sueldo. Sobre todo si ya ha comprado algún regalo de Navidad. Mi amigo acababa de leer este artículo y estaba pensando en la mencionada subida de sueldo. Así que tomemos el caso del mono:
1. Tiene hambre.
2. Tiene un palo.
3. Tiene una piedra.
4. Se sirve del palo y de la piedra para conseguir dejar de tener hambre.
Tomemos ahora el caso de mi amigo:
1. Quiere una subida.
2. No tiene un palo a mano, pero puede buscarlo. En las oficinas, siempre hay cosas inútiles, como pilas de informes.
3. No tiene una piedra a mano, pero puede buscarla. En las oficinas, siempre hay pisapapeles, altavoces de ordenador, etc, etc.
4. Si se sirve del “palo” y de la “piedra” conseguirá la subida.
No le hizo falta golpear nada. Fue verle su jefe con varios informes debajo del brazo derecho y con un altavoz en la mano izquierda. La subida fue inmediata. Mi amigo me contaba el otro día: “Empleé mi mente y no la fuerza bruta”. El jefe vio a mi amigo realizando un esfuerzo físico y pensó: “Este chico no sólo tiene cabeza, sino también buena disposición para cargar con documentos de un lado a otro de la oficina. Merece una subida.” Así es como piensan los jefes.
Reconocedlo. Le veis un fallo a esta adaptación natural al entorno. Yo también. Podía haberle salido todo mal a mi amigo. Él cree que la subida fue por una cosa y en realidad fue por otra. Además, en el caso de que hubiera golpeado con alguno de los objetos en el suelo o en la cabeza de su superior, en el mundo real hay leyes y no se puede andar con palos y piedras. Eso le dije yo. Eso exactamente. Y, ¿sabéis qué contestó? Lo siguiente: “Claro que sé todo eso. Si hubiera habido algún problema, me vuelvo a subir al árbol y tan tranquilo”. La evolución es inexorable.
Ajeno a reuniones, informes, estadísticas, retornos de inversiones, exigencias de competitividad y productividad, impactos mediáticos, estrategias de marketing, compañeros resentidos, jefes de todos los pelajes y aspiraciones laborales, en el universo, en distintos planetas, en distintas especies, se están produciendo cambios fundamentales que nos pasan inadvertidos a la mayoría de los mortales que llevamos corbata de lunes a viernes.
Vale, vale. Lo sé, lo sé. Ya sé que hay mucha gente que ya sabía eso. Pero, para alguien que no ha sido nunca una persona de Ciencias, éste es un descubrimiento de proporciones gigantescas, como el del sándwich en el siglo XVIII y la sandwichera, más cerca, en el siglo XX. Este descubrimiento es aún mayor al ver la posibilidad de aplicar las leyes más básicas de la Evolución al entorno laboral.
Un amigo mío, aprovechando un pequeño descanso entre tensión y tensión con un cliente en su empresa, se conectó el otro día a la edición on line de la revista Nature (http://www.nature.com). No tanto por una vocación de conocimiento, como por cambiar de aires desde su pequeño cubículo con algún tema que distrajera su atención de la realidad, según me contó él después. En el fondo fue una casualidad, resumo yo.
Resulta que, recientemente, como he podido comprobar por mis propios medios, la Universidad de Cambridge ha hecho un descubrimiento sin igual, que ha publicado en la revista Science, sobre el comportamiento de los monos capuchinos (Cebus apella libidinosus) en Brasil.
El titular fue lo que le hizo leer el artículo: “Hungry monkeys can dig it” (un juego de palabras con bastante gracia, que viene a decir, en una traducción libre y poco académica, algo así como que “Los monos hambrientos pueden clavarla”). Resulta que los capuchinos (los monos, no la congregación religiosa) que habitan las copas de los árboles en el noroeste de Brasil, una zona de bosques secos, y que nunca bajan de ellos, movidos por el hambre, no han tenido más remedio que dar con sus patitas en la tierra.
He aquí el primer paso de la evolución. El mono nunca baja del árbol. El mono tiene hambre. El mono baja del árbol. Hasta aquí, bastante sencillo. Pero hay más. El mono tiene miedo. Y el mono tiene a mano millones de ramas a su alcance y alrededor del árbol, alguna que otra piedra. Así: El mono coge una rama y baja del árbol. En el suelo, coge una piedra. Ya en tierra firme, el mono se encuentra con tres problemas:
1) Sigue teniendo miedo.
2) No hay mucho que comer. Todos sabemos que en el noroeste de Brasil no hay mucho que comer, salvo carne de mono.
3) Tienen una piedra en una mano y un palo en la otra. ¿Si le pica la cabeza, qué va a hacer?
Total, que como tiene un palo en la mano y una piedra en la otra, para quitarse el miedo –yo, reconozco, haría lo mismo— da golpes en el suelo. Para quitarse ese mal cuerpo de encima. Y, date, resulta que el terreno se va erosionando y deja ver las raíces y algún que otro tubérculo. El mono se lleva a la boca esas raíces. Como le saben bien –el mono, en el fondo, es consciente de que es un mono y de que tampoco está para muchos festines—piensa: “Pues voy a seguir con el palo y con la piedra”.
En ese punto del artículo, el periodista incluye una cita de uno de los investigadores. Según Phyllis Lee: “Están utilizando su mente, no sólo la fuerza bruta”. La conclusión y la frase no pueden ser más sencillas. No obstante, a veces lo evidente lo damos por contado y no somos conscientes de la verdadera importancia que tiene.
¿Y qué tiene que ver esto con la empresa? Muy fácil. Diciembre trae siempre fechas de nuevos proyectos y el que más y el que menos piensa en una subidita de sueldo. Sobre todo si ya ha comprado algún regalo de Navidad. Mi amigo acababa de leer este artículo y estaba pensando en la mencionada subida de sueldo. Así que tomemos el caso del mono:
1. Tiene hambre.
2. Tiene un palo.
3. Tiene una piedra.
4. Se sirve del palo y de la piedra para conseguir dejar de tener hambre.
Tomemos ahora el caso de mi amigo:
1. Quiere una subida.
2. No tiene un palo a mano, pero puede buscarlo. En las oficinas, siempre hay cosas inútiles, como pilas de informes.
3. No tiene una piedra a mano, pero puede buscarla. En las oficinas, siempre hay pisapapeles, altavoces de ordenador, etc, etc.
4. Si se sirve del “palo” y de la “piedra” conseguirá la subida.
No le hizo falta golpear nada. Fue verle su jefe con varios informes debajo del brazo derecho y con un altavoz en la mano izquierda. La subida fue inmediata. Mi amigo me contaba el otro día: “Empleé mi mente y no la fuerza bruta”. El jefe vio a mi amigo realizando un esfuerzo físico y pensó: “Este chico no sólo tiene cabeza, sino también buena disposición para cargar con documentos de un lado a otro de la oficina. Merece una subida.” Así es como piensan los jefes.
Reconocedlo. Le veis un fallo a esta adaptación natural al entorno. Yo también. Podía haberle salido todo mal a mi amigo. Él cree que la subida fue por una cosa y en realidad fue por otra. Además, en el caso de que hubiera golpeado con alguno de los objetos en el suelo o en la cabeza de su superior, en el mundo real hay leyes y no se puede andar con palos y piedras. Eso le dije yo. Eso exactamente. Y, ¿sabéis qué contestó? Lo siguiente: “Claro que sé todo eso. Si hubiera habido algún problema, me vuelvo a subir al árbol y tan tranquilo”. La evolución es inexorable.
viernes
ENEMIGO PÚBLICO: El siniestro dúo minutero-segundero
El reloj es un bicho traidor que ha pasado de aliado a gendarme. Las cosas ya no pasan cuando tienen que pasar, cuando la gente está preparada, sino cuando lo indica ese aparatejo milimétrico.
Los relojes nos rodean como las telepantallas de '1984': Se encuentran en las marquesinas, en el ordenador, en el móvil, en el microondas, en la cadena de música.
¿Cuántas veces decimos que nos hemos despertado porque había luz o porque tenemos la hora cogida? Sí, muchas; pero sólo cuando no había que ir a trabajar o a estudiar.
Nos obligan a desoír nuestros biorritmos y a levantarnos de noche; a entrar en la oficina cuando aún brillan las farolas; a salir tras la puesta de sol; a amontonarnos en el transporte público, en el restaurante, en las tiendas... Todo a deshora, todos a la vez.
Calentamos el café al segundo, fichamos en el minuto exacto, parimos el día que indica el médico, aprendemos a andar el mes que prevé el manual, nos jubilamos el año que establece el Gobierno.
Nos argumentan que sin relojes todo sería un caos, que la productividad caería en picado. Nosotros respondemos: no necesitamos producir tanto, no necesitamos aglomerarnos si vivimos en un mundo que no duerme.
Nos diferenciamos de las máquinas en que somos flexibles y creativos. ¿Qué mal hay en levantarse al amanecer, trabajar mientras haya luz, terminar las catedrales cuando humanamente se pueda...?
Un mundo que no está dominado por las necesidades humanas no es humano. Que desaparezcan de todos los relojes la aguja larga y el segundero.
Los relojes nos rodean como las telepantallas de '1984': Se encuentran en las marquesinas, en el ordenador, en el móvil, en el microondas, en la cadena de música.
¿Cuántas veces decimos que nos hemos despertado porque había luz o porque tenemos la hora cogida? Sí, muchas; pero sólo cuando no había que ir a trabajar o a estudiar.
Nos obligan a desoír nuestros biorritmos y a levantarnos de noche; a entrar en la oficina cuando aún brillan las farolas; a salir tras la puesta de sol; a amontonarnos en el transporte público, en el restaurante, en las tiendas... Todo a deshora, todos a la vez.
Calentamos el café al segundo, fichamos en el minuto exacto, parimos el día que indica el médico, aprendemos a andar el mes que prevé el manual, nos jubilamos el año que establece el Gobierno.
Nos argumentan que sin relojes todo sería un caos, que la productividad caería en picado. Nosotros respondemos: no necesitamos producir tanto, no necesitamos aglomerarnos si vivimos en un mundo que no duerme.
Nos diferenciamos de las máquinas en que somos flexibles y creativos. ¿Qué mal hay en levantarse al amanecer, trabajar mientras haya luz, terminar las catedrales cuando humanamente se pueda...?
Un mundo que no está dominado por las necesidades humanas no es humano. Que desaparezcan de todos los relojes la aguja larga y el segundero.
martes
Bienvenidos a este blog
Cuando comenzamos a trabajar, tardábamos dos horas en enviar por fax una nota de prensa. Ahora, apretamos un botón y lo hacemos en menos de diez minutos gracias a la tecnología. ¿Gracias a eso trabajamos menos horas al día? No. Al contrario.
Cada vez que un político o empresario abre el pico es para decir que hay que mejorar nuestra competitividad aumentando la productividad y practicando la contención salarial. Es decir: trabaja más (no hay más que ver el alargamiento de la jornada partida) para producir más por igual o menor precio.
En esas condiciones, ¿quién tiene tiempo y dinero para consumir lo que producimos de más? ¿A dónde van esos excedentes? A nosotros no nos salen las cuentas. Es más, creemos que el sistema capitalista neoliberal va a petar cualquier década de éstas, y eso, lamentablemente, lo verán nuestros ojitos.
Los atenienses se pasaban el día filosofando y vagueando porque tenían esclavos. Hoy más de media humanidad se muere de hambre y los demás vivimos amargados trabajando en cosas que no nos aportan nada. No veo el avance por ninguna parte.
Tenemos más medios que nunca en la historia para desarrollarnos, para trabajar menos horas, para leer, para aprender, para viajar, para hacer el vago durante horas, y nos hemos montado un sistema masoquista en el que no tenemos tiempo para nosotros mismos.
Estamos hartos del materialismo rancio de hace un siglo que todavía hoy nos quieren hacer ver como algo natural, como un antiguo régimen que es así porque tiene que ser así.
Es increíble que a estas alturas de la película derechas e izquierdas sigan viendo todo en clave de trabajo, como si no hubiera nada más en la vida. Vaya una alternativa. La alternativa real es: ser factores de producción o ser personas. Todas las demás discusiones son marear la perdiz.
Cada vez que un político o empresario abre el pico es para decir que hay que mejorar nuestra competitividad aumentando la productividad y practicando la contención salarial. Es decir: trabaja más (no hay más que ver el alargamiento de la jornada partida) para producir más por igual o menor precio.
En esas condiciones, ¿quién tiene tiempo y dinero para consumir lo que producimos de más? ¿A dónde van esos excedentes? A nosotros no nos salen las cuentas. Es más, creemos que el sistema capitalista neoliberal va a petar cualquier década de éstas, y eso, lamentablemente, lo verán nuestros ojitos.
Los atenienses se pasaban el día filosofando y vagueando porque tenían esclavos. Hoy más de media humanidad se muere de hambre y los demás vivimos amargados trabajando en cosas que no nos aportan nada. No veo el avance por ninguna parte.
Tenemos más medios que nunca en la historia para desarrollarnos, para trabajar menos horas, para leer, para aprender, para viajar, para hacer el vago durante horas, y nos hemos montado un sistema masoquista en el que no tenemos tiempo para nosotros mismos.
Estamos hartos del materialismo rancio de hace un siglo que todavía hoy nos quieren hacer ver como algo natural, como un antiguo régimen que es así porque tiene que ser así.
Es increíble que a estas alturas de la película derechas e izquierdas sigan viendo todo en clave de trabajo, como si no hubiera nada más en la vida. Vaya una alternativa. La alternativa real es: ser factores de producción o ser personas. Todas las demás discusiones son marear la perdiz.
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