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La fascinante y triste historia del gorrión del tercer milenio

Si tienen algo en común el perro, el piojo y el gorrión, es que los tres son bichos acoplados al ser humano, cada uno en su estilo. En particular, el tierno y pequeño gorrión ha hecho siempre honor a su nombre sin la i, eso sí, sin molestar mucho y a su aire.

Tradicionalmente, era un pajarillo que frecuentaba las eras y se zampaba el grano que pillaba. Hoy, si descubre un trozo de donut en la acera se lanzará en picado y si detecta un comedero de pavos reales en el parque, atravesará las varillas antipalomas, agarrará el mayor grano de maíz que le quepa en el pico y se asfixiará hasta poder tragarlo del todo.

Y ahí radican la mayor parte de los males del gorrión del siglo XXI.
En 1800 sólo el 3% de la población mundial vivía en ciudades. En 2025 tres de cada cuatro humanos será urbanita, porcentaje que ya alcanzan los países desarrollados. Ignoramos si algún ornitólogo ha hecho estudio similar sobre los gorriones, pero dado que estos bichos persiguen al ser humano allá donde vaya, las cifras deben rondarle.

Ahí comienza la historia del gorrión urbano. De comer trigo duro e insectos se ha adaptado a las patatas fritas y el pan de barra con Nocilla. De dormir tranquilo en medio del campo ha pasado a vivir con una farola pegada al nido iluminándole noche tras noche, con lo que no sabemos cómo pegará ojo. El gorrión urbano respira contaminación, lleva una dieta desequilibrada, sufre presión demográfica y está rodeado de palomas, urracas y aves varias que le disputan el menor kiko.

Así pasa: la salud mental del pobre animal se resiente. De nuevo, carecemos de datos de reputados biólogos, pero el hecho está en la calle. Un día vas de paseo y te topas con una gorriona acosando a un congénere adolescente y contrahecho hasta expulsarlo del bordillo. Al otro te encuentras tres gorriones pegándose y piando como energúmenos y rodeados de un grupo que les jalea y parece cruzar apuestas. Al tercero descubres que en el andén de tu estación de metro hay una familia okupa a la que las taquilleras alimentan a base de migas de pan. Cosas parecidas se leen diariamente en las páginas de sucesos de la prensa local, pero protagonizadas por bípedos sin plumas.

La vida del gorrión, ese compañero del ser humano desde hace milenios, se ha tornado violenta y desequilibrada. ¿Cómo nos habremos vuelto nosotros?

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